Cuando se apagan las vacaciones

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🗓 17 agosto 2026
✏️Escrito por Francisco Casaus

Los últimos fuegos artificiales tienen algo particular. Sabemos que van a terminar.

Quizá por eso los miramos de otra manera.

Durante unos minutos todavía es verano. La noche, la gente en la calle, las terrazas, el ruido, esa sensación de que mañana puede esperar. Después llega el último estallido, el cielo vuelve a oscurecerse y, casi sin darnos cuenta, aparece una palabra que durante unos días habíamos conseguido mantener lejos:

volver.

Volver al despertador. A los horarios. A los correos acumulados. A las reuniones. A los trayectos. A las decisiones pendientes. Volver, en definitiva, al trabajo.

Y entonces aparece el conocido «síndrome posvacacional».

Lo nombramos como si se tratara de una anomalía que hubiera que corregir rápidamente. Cansancio, irritabilidad, falta de concentración, dificultad para recuperar el ritmo. Las recomendaciones son previsibles: acostarse antes, retomar progresivamente los horarios, hacer ejercicio, organizar las tareas, conservar algún momento agradable durante la semana.

Todo ello puede ayudar.

Pero quizá la vuelta de vacaciones merezca también otra pregunta.

¿A qué nos cuesta volver?

Porque no todas las vueltas pesan igual.

Hay quien regresa con cierta pereza y, dos días después, vuelve a encontrar su sitio. Hay quien siente incluso ganas de reencontrarse con los compañeros, con una actividad que conoce bien, con los problemas que le gusta resolver.

Y hay quien experimenta algo diferente.

El domingo se hace demasiado corto. El lunes empieza ya el sábado por la tarde. El correo produce inquietud antes incluso de abrirlo. Volver significa reencontrarse con conflictos que siguen exactamente donde estaban, con una organización que impide hacer bien el trabajo, con decisiones incomprensibles, con una actividad que ha ido perdiendo sentido o con relaciones que obligan a permanecer permanentemente a la defensiva.

En esos casos, quizá el problema no sean las vacaciones.

Las vacaciones pueden haber hecho simplemente más visible el contraste.

Alejarse temporalmente del trabajo modifica la perspectiva. Durante unos días desaparecen determinadas tensiones, dejamos de estar expuestos a ciertas exigencias y recuperamos otros ritmos. Al regresar, aquello a lo que nos habíamos acostumbrado vuelve a hacerse perceptible.

Y esa sensación merece ser escuchada antes de intentar silenciarla.

La psicodinámica del trabajo nos recuerda que trabajar no es únicamente ocupar un puesto o ejecutar unas tareas. En el trabajo ponemos en juego expectativas, inteligencia, relaciones con los demás, reconocimiento y también nuestra idea de lo que significa hacer las cosas bien.

Por eso regresar puede producir emociones muy distintas.

La ligera melancolía del final del verano no dice necesariamente nada preocupante sobre nuestro trabajo. Es humano preferir una puesta de sol a un despertador a las seis de la mañana.

Pero cuando el malestar persiste, cuando la vuelta genera angustia, cuando sentimos que para regresar tenemos que volver a protegernos, callarnos o renunciar a aquello que consideramos un trabajo bien hecho, quizá convenga no reducirlo demasiado deprisa a un «síndrome posvacacional».

A veces, la dificultad para volver no habla de las vacaciones que terminan.

Habla del trabajo que nos espera.

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