Entre la luz y la sombra del trabajo

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🗓 22 agosto 2026
✏️Escrito por Francisco Casaus

La luz y la sombra del trabajo no se reparten simplemente entre aquello que nos hace bien y aquello que nos hace sufrir. Desde la psicodinámica del trabajo, ambas nacen en un mismo lugar: en el encuentro entre la persona y lo real del trabajo, allí donde lo prescrito ya no basta y es necesario movilizar la inteligencia, la experiencia y la subjetividad para poder seguir haciendo.

Porque trabajar nunca es únicamente ejecutar. Lo real se resiste. Aparecen imprevistos, contradicciones, exigencias difíciles de conciliar y situaciones para las que ningún procedimiento ofrece una respuesta completa. Esa distancia entre el trabajo prescrito y el trabajo real exige inventar, arbitrar, renunciar a veces a una manera de hacer para preservar otra. Y en ese esfuerzo inevitablemente nos implicamos.

Por eso el sufrimiento no es necesariamente el signo de que el trabajo ha enfermado. Forma parte de esa confrontación con lo real, con aquello que se nos resiste y nos obliga a buscar una salida. La cuestión fundamental es en qué puede transformarse ese sufrimiento. Cuando disponemos de márgenes para actuar, podemos confrontar nuestras maneras de hacer con las de otros, discutir sobre los criterios de un trabajo bien hecho y recibir reconocimiento por lo que realmente hemos aportado, la dificultad puede convertirse en experiencia, cooperación y placer. El trabajo deja entonces de ser únicamente productor de resultados para participar también en la construcción de nuestra identidad.

La sombra aparece cuando esa transformación se bloquea. Cuando ya no podemos hacer el trabajo de una manera en la que podamos reconocernos, cuando las contradicciones deben resolverse individualmente y en silencio, cuando la cooperación se debilita o cuando el esfuerzo necesario para que el sistema funcione permanece invisible. Entonces pueden aparecer estrategias defensivas que permiten continuar, a veces durante mucho tiempo, pero que no resuelven aquello que está ocurriendo en el trabajo.

Prevenir no consiste, por tanto, únicamente en proteger al individuo frente a determinados riesgos ni en pedirle que desarrolle recursos para soportarlos mejor. Supone crear las condiciones para que el trabajo real pueda decirse y discutirse, para que existan espacios de deliberación sobre sus dificultades y sobre aquello que cada uno considera un trabajo bien hecho. La organización tiene aquí una responsabilidad esencial: permitir autonomía sin abandono, cooperación sin uniformidad y reconocimiento de una contribución que ningún indicador puede describir por completo.

Quizá por eso estos adoquines resultan tan sugerentes. El camino no es uniforme. Hay irregularidades, colores que se desgastan y, al fondo, una zona de sombra. Pero también quedan las huellas de quienes han intervenido sobre él.

La cuestión no es conseguir un trabajo sin sombra. Es conservar la capacidad individual y colectiva de transformar lo que encontramos en ella y poder reconocernos, todavía, en el camino que construimos.

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