Hay días en los que el problema no es la cantidad de trabajo. Es salir con una decisión dándole vueltas en la cabeza y no haber tenido ocasión de hablarla con nadie que entienda de verdad lo que estaba en juego.
«¿Tú qué habrías hecho?»
Esa pregunta, hecha a un compañero, puede cambiar mucho. Nos permite explicar por qué actuamos de una manera y escuchar otra lectura de la situación. A veces confirma nuestro criterio. Otras, nos hace ver algo que se nos escapó. En ambos casos, el trabajo deja de ser un asunto que cada uno tiene que resolver por su cuenta.
Los procedimientos son necesarios, pero no resuelven todas las situaciones. Entre lo que está previsto y lo que sucede hay que tomar decisiones, hacer ajustes y, en ocasiones, aceptar que ninguna opción es perfecta. Ese esfuerzo suele quedar fuera de los informes. Los compañeros, en cambio, pueden reconocerlo porque también lo conocen.
Por eso la cooperación entre pares necesita algo más que buena voluntad. Necesita que podamos hablar de cómo hacemos el trabajo, incluidos los momentos incómodos: lo que no salió bien, aquello en lo que dudamos o una solución que encontramos y que quizá podría servir a otros. Necesita también que sea posible discrepar sin que nadie tenga que defenderse como si estuviera siendo juzgado.
He visto equipos en los que alguien puede decir «esto así no funciona» y los demás se detienen a examinarlo. Y otros en los que esa misma frase se calla porque no hay tiempo, porque se interpretará como una queja o porque cada cual ha aprendido a arreglárselas solo. La diferencia se nota en el trabajo, pero también en las personas.
No se trata de convertir cada dificultad en una reunión. A veces bastan diez minutos con un colega, una pregunta al terminar una intervención o la costumbre de revisar juntos una situación difícil. Esas conversaciones ayudan a construir criterios compartidos. También permiten que alguien vuelva a casa sabiendo que lo que le preocupaba tiene nombre y puede pensarse con otros.
Trabajar solo puede ser una elección o una necesidad puntual. Quedarse solo con el trabajo, de forma habitual, es otra cosa. Cuando ya no encontramos con quién hablar de lo que hacemos, perdemos una de las mejores maneras de cuidar el trabajo y de cuidarnos entre nosotros.