Cuando ocupar el mismo espacio no es ocupar el mismo lugar

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🗓 5 septiembre 2026
✏️Escrito por Francisco Casaus

Hablar de igualdad entre mujeres y hombres en el trabajo suele llevarnos rápidamente a los números: salarios, promociones, acceso a puestos de responsabilidad, tiempo parcial o presencia en los comités de dirección. Y está bien que así sea. Lo que se mide se hace visible y lo que se hace visible puede discutirse, cuestionarse y, finalmente, transformarse.

Pero hay una parte de la desigualdad que difícilmente cabe en un Excel. Tiene que ver con algo mucho más íntimo y cotidiano: cuánto tiene que hacer cada uno consigo mismo para ser reconocido como un buen profesional.

Dos personas pueden ocupar el mismo puesto, tener el mismo salario y asumir idénticas responsabilidades. Sobre el papel, la igualdad parece conseguida. Sin embargo, cuando nos acercamos al trabajo real descubrimos que quizá no tengan que realizar el mismo esfuerzo para sentirse legítimas, ejercer su autoridad o conseguir el reconocimiento de los demás.

Un hombre puede mostrarse firme y ser considerado decidido, mientras que una mujer puede preguntarse hasta dónde puede ejercer esa misma firmeza sin ser percibida como autoritaria. Una mujer puede expresar una emoción y temer que se interprete como fragilidad, mientras que un hombre puede haber aprendido precisamente lo contrario: que reconocer una dificultad, pedir ayuda o decir que tiene miedo puede cuestionar la imagen de seguridad que se espera de él.

No ocurre siempre, por supuesto. Ni a todas las mujeres ni a todos los hombres. Convertir estas situaciones en una nueva colección de estereotipos sería caer exactamente en aquello que pretendemos cuestionar. Lo interesante es preguntarnos por qué, en determinadas organizaciones y colectivos, ser mujer o ser hombre todavía puede modificar la forma en que una misma conducta es interpretada.

Aquí la psicodinámica del trabajo nos ofrece una mirada particularmente interesante, porque nos invita a abandonar por un momento el trabajo prescrito para acercarnos al trabajo real. No se trata únicamente de saber quién ocupa un puesto, cuánto cobra o cuáles son sus posibilidades de promoción, sino de comprender qué debe movilizar de sí mismo para poder trabajar, encontrar su lugar en el colectivo y obtener algo esencial para la construcción de nuestra identidad profesional: el reconocimiento.

Porque trabajar nunca consiste únicamente en producir. Trabajando también buscamos sentirnos útiles, competentes y respetados. Ponemos inteligencia, experiencia, emociones y una parte de nosotros mismos en aquello que hacemos. Y esperamos que ese esfuerzo, muchas veces invisible, sea reconocido por los demás.

Pero el reconocimiento tampoco es completamente neutro. Se construye dentro de colectivos que tienen una historia, unos códigos y determinadas representaciones sobre lo que significa ser competente, ejercer autoridad, comprometerse, resistir la presión o asumir responsabilidades. Algunos de esos códigos continúan asociados, de manera más o menos consciente, a lo que esperamos de una mujer o de un hombre.

Por eso quizá deberíamos añadir una pregunta a nuestros indicadores de igualdad. No solamente preguntarnos si mujeres y hombres tienen las mismas oportunidades, sino si pueden aprovecharlas con la misma libertad para ser quienes son.

La igualdad profesional no debería consistir en borrar las diferencias ni en fabricar una manera única de comportarse en el trabajo. Tampoco en pedir a las mujeres que adopten códigos tradicionalmente masculinos, ni a los hombres que respondan necesariamente a una determinada idea de fortaleza, autoridad o invulnerabilidad.

Quizá el verdadero desafío sea conseguir que ser mujer o ser hombre deje de determinar silenciosamente cuánto podemos mostrarnos, cuánto debemos esconder, cómo podemos ejercer la autoridad, qué emociones podemos expresar o qué comportamientos necesitamos adoptar para ser considerados competentes.

Podemos compartir la misma empresa, la misma profesión, las mismas reglas y los mismos procedimientos. Podemos tener idénticas posibilidades teóricas de promoción e incluso haber conseguido la igualdad salarial. Y, sin embargo, seguir sin ocupar exactamente el mismo lugar.

Porque ocupar un lugar en el trabajo es algo más que tener un puesto. Es poder actuar, tomar la palabra, equivocarse, decidir, mostrar una dificultad, ser escuchado y obtener reconocimiento sin que nuestro sexo determine de antemano cómo serán interpretados nuestros actos.

Quizá ahí se encuentre una de las dimensiones menos visibles de la igualdad profesional: no conseguir que seamos iguales, sino permitir que nuestras diferencias dejen de decidir el lugar que podemos ocupar y el reconocimiento que podemos recibir por nuestro trabajo.

Eso no siempre aparece en un cuadro de indicadores.

Para descubrirlo, hay que acercarse un poco más al trabajo real.

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