Hay personas cuyo nombre no aparece al principio de un libro y que, sin embargo, están de algún modo en todas sus páginas.
Hace unos días recibí un mensaje de mi prima. Acababa de terminar JAQUE.
«Empecé y no pude dejarlo. Me atrapó».
Después venían los aplausos, los besos, las flores y una frase que sólo puede comprender en toda su dimensión quien haya leído la novela:
«Pero no soy un palomo».
Me hizo reír.
Siguió contándome que, a medida que avanzaba en la lectura, no podía dejar de pensar que aquellas historias podrían convertirse en una película. Había pensado incluso en Almodóvar y se había sorprendido al encontrar, páginas después, una referencia a Mujeres al borde de un ataque de nervios, una película que para ella había sido inolvidable.
Leí varias veces su mensaje y entonces pensé en ella.
Y comprendí algo que quizá quienes escribimos tardamos demasiado tiempo en descubrir: hay libros que llevan una dedicatoria impresa en sus primeras páginas y hay otras dedicatorias que permanecen invisibles porque necesitan tiempo, palabras y, a veces, toda una vida para ser escritas.
Esta es una de ellas.
Mi prima pertenece a esa clase de personas que han realizado durante años un trabajo inmenso que casi nadie ve. No figura en ningún contrato, no tiene horario, no genera derechos a jubilación ni aparece en las estadísticas. Nadie entrega una medalla por haberlo realizado durante toda una vida.
Es el trabajo de sostener.
Sostener a un hijo cuando el mundo no siempre comprende. Sostener a una madre que se acerca a los cien años y seguir estando ahí, acompañando la extraordinaria aventura de envejecer. Sostener a los amigos cuando la vida los golpea de una manera para la que no existen palabras. Sostener una familia después de que desaparezca inesperadamente uno de esos seres que, por su alegría, su bondad y su capacidad para unir a los demás, parecían destinados a permanecer siempre entre nosotros.
Y sostenerse, también, a una misma.
Quizá sea este último el trabajo más difícil de todos.
La psicodinámica del trabajo nos ha enseñado algo esencial: una parte fundamental de la actividad humana permanece invisible. Vemos los resultados, pero raramente vemos el esfuerzo necesario para alcanzarlos. Vemos una sonrisa, pero desconocemos las batallas que ha sido necesario librar para conservarla. Vemos a alguien levantarse por la mañana, hablar, reír, preocuparse por los demás y seguir adelante, y podemos llegar a pensar que eso es, simplemente, vivir.
Pero no siempre es así.
A veces, seguir viviendo es un trabajo.
Un trabajo extraordinariamente complejo, silencioso y agotador.
Porque nadie atraviesa determinadas pérdidas y vuelve a ser exactamente la misma persona. Hay muertes que no terminan el día del entierro y ausencias que continúan sentándose con nosotros a la mesa durante años. Hay recuerdos que regresan inesperadamente en una canción, en una fotografía o en una frase pronunciada por alguien que ignora que acaba de abrir una puerta.
También existen dolores ajenos que terminamos llevando dentro. El sufrimiento de una amiga, la tragedia de una familia querida, la preocupación por un hijo, la fragilidad de quienes amamos. Todo eso se acumula silenciosamente en algún lugar de nosotros mismos y forma parte de ese inmenso trabajo interior que los demás no pueden ver.
Por eso creo que hemos explicado muy mal la fortaleza emocional.
Nos han hecho creer que ser fuerte consiste en no caer, en mantener siempre el equilibrio, en controlar las emociones, conservar la sonrisa y no molestar demasiado a los demás con nuestras tristezas.
Pero la verdadera fortaleza quizá sea algo mucho más humano.
Caer y regresar.
Perder el equilibrio y buscar de nuevo un lugar donde apoyarse. Necesitar ayuda. Aceptar nuestras contradicciones. Convivir con nuestros altibajos y, a pesar de todo, conservar intacta la capacidad de querer.
Eso es lo que admiro de algunas personas.
No que hayan sufrido, porque el sufrimiento, por sí mismo, no ennoblece a nadie. Lo admirable es lo que algunas personas consiguen hacer con él. Hay quienes, después de conocer la dureza de la vida, se vuelven duros. Y hay quienes se vuelven más sensibles, más atentos, más capaces de reconocer el dolor de los demás y más dispuestos a proteger.
Mi prima pertenece a esta segunda clase de personas.
Ha conocido momentos difíciles. Ha tenido que aprender a convivir con sus propias tormentas, ha perdido a personas profundamente queridas y ha acompañado sufrimientos que nunca deberían haber existido.
Y, sin embargo, sigue queriendo.
A veces con una intensidad desmesurada. A veces protegiendo contra capa y espada. A veces preocupándose demasiado. A veces riendo, a veces cayendo y, siempre, buscando la manera de volver a levantarse.
Pero quizá haya algo en ella que admiro especialmente: conserva una capacidad que la vida intenta arrebatarnos poco a poco.
La capacidad de emocionarse.
De empezar un libro y no poder dejarlo. De descubrir una referencia a Almodóvar y sorprenderse. De mandar flores, aplausos y besos. De decirle a alguien que ha hecho un buen trabajo.
Puede parecer poca cosa.
No lo es.
Reconocer el trabajo de los demás también es una forma de cuidado.
En psicodinámica del trabajo sabemos hasta qué punto necesitamos que alguien vea aquello que hemos intentado hacer. Entre el trabajo prescrito y el trabajo real existe siempre una distancia, un espacio lleno de esfuerzo, inteligencia, dudas, sufrimiento y creatividad que raramente resulta visible para los demás.
Escribir un libro también es eso.
Los lectores ven las páginas, pero detrás están las dudas, las noches, las frases eliminadas, los personajes que se resisten y el miedo a no conseguir transmitir aquello que uno quería decir.
Y entonces llega alguien.
Lee.
Se emociona, se ríe, piensa y, al terminar, escribe:
«Me ha encantado. Un trabajo buenísimo».
Y, de repente, una parte del trabajo invisible deja de serlo.
Quizá mi prima no sepa hasta qué punto me emocionó su mensaje. Quizá tampoco sepa que, mientras leía sus palabras, pensé que el subtítulo de mi libro decía algo que también podía aplicarse a una vida.
Nada se rompe por casualidad.
Pero hoy añadiría algo.
Nada se sostiene por casualidad tampoco.
Detrás de cada familia que continúa unida, de cada persona que consigue levantarse después de una pérdida, de cada hijo acompañado, de cada madre cuidada, de cada amiga que permanece y de cada ser humano que conserva la capacidad de amar después de haber sufrido, existe un trabajo inmenso.
Un trabajo silencioso, cotidiano e invisible.
Por eso este artículo es para ti.
Porque algunos libros llevan una dedicatoria escrita y otros necesitan que pase el tiempo para descubrir a quién estaban dedicados.
Esta es la tuya.
La dedicatoria invisible.
Gracias por leer JAQUE. Gracias por emocionarte, por hacerme reír con los palomos, por pensar en Almodóvar, por tus flores, tus aplausos y tus besos.
Pero, sobre todo, gracias por ese trabajo que llevas tantos años haciendo y que quizá nadie te haya reconocido suficientemente: el trabajo de caer y levantarte, de cuidar y proteger, de recordar a quienes ya no están y acompañar a quienes todavía están, de convivir con tus propias tormentas sin dejar de mirar el cielo, de seguir sintiendo, de seguir queriendo y de seguir aquí.
Porque después de todo lo vivido, conservar la capacidad de amar quizá sea la más hermosa de todas las victorias.
Y también la más invisible.