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El derecho a equivocarse en el trabajo

📖 3 minutos
🗓 19 julio 2026
✏️Escrito por Francisco Casaus

Durante siglos, Finisterre fue considerado el final del mundo conocido.

Hasta allí llegaba el camino. Más allá, aparentemente, no había nada.

Y, sin embargo, el horizonte no era el límite del mundo. Era simplemente el límite de lo que conocíamos.

Quizá con el error ocurra algo parecido.

Hay algo paradójico en nuestra relación contemporánea con él. Nunca habíamos hablado tanto de innovación, creatividad, transformación o capacidad de adaptación. Las empresas buscan personas capaces de pensar de otro modo y responder a lo imprevisto. Y, sin embargo, pocas veces hemos mostrado tanta dificultad para aceptar aquello de lo que nace cualquier verdadera innovación: la posibilidad de equivocarse.

El periodista y ensayista italiano Pino Aprile sostiene una idea provocadora: todo lo que existe nace, de alguna manera, de un error.

La vida misma sería imposible sin él. Si la naturaleza hubiera reproducido eternamente lo idéntico, si cada organismo hubiera seguido perfectamente el programa previsto, la evolución nunca habría ocurrido. Son las mutaciones, las desviaciones y los acontecimientos inesperados los que abren nuevas posibilidades.

El error no sería, por tanto, un accidente del sistema. Formaría parte del sistema mismo.

Esta idea adquiere una fuerza particular cuando la trasladamos al trabajo.

Porque trabajar nunca consiste únicamente en ejecutar correctamente una tarea. Entre lo que está escrito y lo que realmente sucede existe siempre una distancia. Hay procedimientos, normas, objetivos e indicadores. Pero la realidad se resiste obstinadamente a entrar por completo en ellos.

Siempre ocurre algo que no estaba previsto.

Una máquina responde de manera diferente. Un cliente plantea una situación inesperada. Falta un compañero. Aparece una urgencia. Dos instrucciones se contradicen. Hay que decidir sin disponer de toda la información.

Es precisamente ahí donde comienza el trabajo real.

Trabajar significa enfrentarse a aquello que la organización no pudo prever. Interpretar, elegir, ajustar, experimentar y, algunas veces, equivocarse.

Desde la psicodinámica del trabajo, esta distancia entre el trabajo prescrito y el trabajo real es fundamental. El trabajador no es simplemente alguien que ejecuta instrucciones. Moviliza su inteligencia, su experiencia y su sensibilidad para conseguir que las cosas funcionen a pesar de las imperfecciones de la realidad.

Por eso resulta tan paradójico querer innovación, pero sin incertidumbre.

Autonomía, pero sin desviaciones. Creatividad, pero dentro del procedimiento. Responsabilidad, pero sin derecho a equivocarse.

Cuando el error deja de ser una oportunidad para comprender lo ocurrido y se convierte inmediatamente en una falta individual, el trabajador aprende rápidamente la lección.

Deja de hablar. Oculta las dificultades. Evita tomar iniciativas. Se protege.

Y la organización pierde precisamente aquello que más necesita para progresar: el conocimiento de su propio trabajo real.

Las organizaciones construyen sus propios mapas. Los procedimientos y las normas dibujan el territorio conocido y permiten avanzar con cierta seguridad. Son necesarios. Pero ningún mapa contiene por completo la realidad.

Siempre llega un momento en que alguien alcanza su particular Finisterre.

El procedimiento ya no responde. La situación no estaba prevista. La solución habitual deja de funcionar. Y entonces alguien se aventura un poco más allá.

A veces por curiosidad. A veces por necesidad. A veces porque se equivoca.

Y puede descubrir que donde creíamos que terminaba el mundo comenzaba, en realidad, otro territorio.

Para que esto sea posible hacen falta espacios donde se pueda hablar realmente del trabajo. No únicamente de resultados e indicadores, sino también de dificultades, dudas, decisiones y errores.

Porque una organización que castiga sistemáticamente el error termina produciendo silencio.

Y una organización donde nadie habla de sus errores es, probablemente, una organización que ha dejado de aprender.

Quizá por eso deberíamos cambiar nuestra manera de formular la pregunta.

En lugar de preguntar inmediatamente:

¿Quién se ha equivocado?

Tal vez deberíamos comenzar preguntando:

¿Qué nos permite comprender este error sobre el trabajo?

La primera pregunta busca un responsable. La segunda busca conocimiento.

La primera cierra la discusión. La segunda permite avanzar.

Porque trabajar es siempre, en cierta medida, llegar hasta el límite de lo previsto. Hasta ese lugar donde el mapa deja de ofrecernos todas las respuestas.

Hasta nuestro propio Finisterre.

Y una organización que pretende eliminar completamente el error corre un riesgo mucho mayor que equivocarse: confundir el final de su mapa con el final del mundo.

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