Cuando la perspectiva nos complica la existencia

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🗓 17 octubre 2026
✏️Escrito por Francisco Casaus

La Torre Eiffel no se ha movido. La escultura tampoco. Pero basta con situarse en un punto preciso para que uno de los monumentos más admirados del mundo parezca salir de un lugar bastante menos turístico.

La fotografía tiene algo de lección sobre la vida en sociedad: podemos compartir una misma realidad y, según dónde estemos colocados, encontrarnos ante situaciones radicalmente distintas. Algunas, francamente incómodas.

Houellebecq probablemente habría encontrado aquí materia para una escena sombría. Yo prefiero empezar por una sonrisa. Aunque, detrás del efecto visual, aparece una pregunta que merece detenerse: ¿qué ocurre cuando nos quedamos solos con nuestra perspectiva?

En la vida cotidiana podemos estar permanentemente conectados y tener pocas ocasiones para hablar de lo que nos preocupa. Recibimos mensajes, respondemos, reaccionamos. Pero algunas dudas siguen sin encontrar interlocutor. Les damos vueltas hasta que nuestra interpretación empieza a parecernos la única posible.

En el trabajo sucede algo parecido.

Un correo sin respuesta se convierte en una señal de desprecio. Una observación torpe parece confirmar que quieren apartarnos. Una decisión que no entendemos termina demostrando que «aquí todo funciona mal». Puede haber razones fundadas para preocuparnos. Pero, cuando falta la posibilidad de contrastarlas, resulta difícil distinguir los hechos de lo que vamos construyendo alrededor.

Y cuanto más amenazados nos sentimos, más nos protegemos. Hablamos menos, desconfiamos más, dejamos de pedir ayuda. Así puede instalarse una soledad muy concurrida: reuniones, conversaciones y correos durante todo el día, sin encontrar un espacio donde decir lo que realmente nos pasa con el trabajo.

Desde la psicodinámica del trabajo, esa dificultad tiene consecuencias. Trabajar nos enfrenta a contradicciones que rara vez se resuelven aplicando una instrucción. Hay que ir rápido y hacerlo bien. Atender una urgencia sin abandonar las anteriores. Cumplir un objetivo con medios que quizá ya no alcanzan.

Cuando esas tensiones pueden discutirse, es posible buscar acuerdos, establecer prioridades y construir criterios compartidos. Cuando cada uno debe resolverlas en silencio, los problemas de organización pueden acabar viviéndose como fracasos personales.

Entonces aparecen dilemas complicados. ¿Aviso de que no llego y arriesgo mi reputación de competente? ¿Me callo y asumo las consecuencias? ¿Ayudo al compañero o protejo mis propios resultados? ¿Hago lo que considero correcto o lo que resulta más fácil justificar?

Ninguna charla sobre actitud positiva resuelve por sí sola esas preguntas.

Hace falta poder hablar del trabajo con personas que lo conocen. Escuchar: «A mí también me ocurre». Descubrir un dato que faltaba. Aceptar que otro cuestione nuestra interpretación. Y, cuando la dificultad se confirma, encontrar a alguien con capacidad para tomar una decisión.

Un colectivo se construye también así: permitiendo que las perspectivas se encuentren y que las contradicciones tengan un lugar donde elaborarse. El humor puede abrir esa conversación. A veces una risa compartida permite decir algo que llevábamos semanas rodeando. Después habrá que ocuparse del problema.

Vuelvo a la fotografía. Para comprender lo que vemos, bastaría con dar unos pasos hacia un lado. En el trabajo, ese movimiento puede empezar cuando alguien dice: «Ven, desde aquí se ve de otra manera».

Conviene tener cerca a quien pueda advertírnoslo. Sobre todo cuando llevamos demasiado tiempo convencidos de que tenemos un monumento entero metido en un problema personal.

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