Nunca habíamos tenido una juventud tan formada, tan conectada y, paradójicamente, tan bloqueada. Millones de jóvenes trabajan, se esfuerzan, encadenan contratos, acumulan títulos… y aun así no pueden hacer lo más básico: irse de casa, alquilar un piso, empezar una vida propia.
No es una cuestión de actitud ni de generación. Es una ecuación económica rota. Los salarios de entrada ya no dialogan con el precio de la vivienda ni con el coste real de la vida. El trabajo, que durante décadas fue una puerta de salida hacia la autonomía, se ha convertido en una sala de espera. Y cuando el trabajo deja de permitir construir futuro, pierde su sentido simbólico: deja de ser promesa y se vuelve simple supervivencia.
No estamos ante una crisis de motivación. Estamos ante una crisis de proyecto de vida. Una juventud que no puede emanciparse tampoco puede proyectarse: no compra, no invierte, no forma hogares, no se compromete a largo plazo. Eso no es solo un problema social; es una amenaza estructural para la economía y para la democracia. Una sociedad en la que trabajar ya no garantiza una vida digna se vuelve frágil, cínica y vulnerable al desencanto.
Por eso las soluciones no pueden limitarse a discursos sobre esfuerzo o emprendimiento. La juventud ya se esfuerza. Lo que falta es estructura. Es imprescindible que los salarios de entrada vuelvan a estar conectados con el coste real de la vida, especialmente con la vivienda. Es necesario crear un verdadero acceso prioritario a vivienda para trabajadores jóvenes: alquileres protegidos, garantías públicas para propietarios, cupos para quienes trabajan y quieren independizarse. La emancipación no es un lujo, es una inversión en estabilidad social. También la fiscalidad debe acompañar ese paso vital: mudarse solo, empezar un hogar, debería estar protegido y no penalizado. Y las empresas tienen que asumir su parte de responsabilidad. No basta con pagar un salario si ese salario no permite vivir. Participar en soluciones de vivienda, movilidad y estabilidad no es filantropía, es política de sostenibilidad humana y económica.
Ojalá este nuevo año dejemos de decirle a los jóvenes que esperen. Esperar no construye nada. Que el trabajo vuelva a ser una llave y no una jaula, una herramienta para salir al mundo y no para quedarse atrapado en él. Porque una juventud que puede emanciparse es una juventud que cree en el futuro. Y sin esa fe, ninguna economía ni ninguna democracia pueden sostenerse.