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Tomar alas como emprendedor autónomo

📖 2 minutos
🗓 7 diciembre 2025
✏️Escrito por Francisco Casaus

Hay un momento silencioso en la vida profesional en el que ya no basta con resistir. No ocurre con estruendo. Ocurre como ocurre el frío: primero en los extremos, luego en el centro. El entusiasmo se vuelve mecánico. La motivación, una obligación. El trabajo, aun correcto, deja de abrigar. Entonces aparece una imagen interior clara: el suelo es firme… pero es hielo.

Emprender como autónomo no es, en la mayoría de los casos, una huida impulsiva. Es una respuesta profunda del cuerpo y de la estima. No se trata solo de ganar dinero de otra manera. Se trata de volver a sentirse autor del propio gesto. En psicodinámica del trabajo, la autoestima no nace del resultado, sino del acto. No del éxito final, sino del poder decir: esto lo he construido yo.

Cuando el trabajador pierde ese vínculo con su propio hacer, aparece el malestar. Cuando lo recupera, incluso en la incertidumbre, vuelve algo esencial: la dignidad del movimiento.

Desde la ventanilla de un avión, el paisaje de hielo parece perfecto. Blanco, inmóvil, sin ruido. Bello. Y sin embargo, nadie podría vivir ahí sin protección. Esa imagen es un silogismo silencioso de muchas trayectorias profesionales: lo estable no siempre es lo habitable. Lo seguro no siempre es lo vivo. A veces, para no congelarse por dentro, hace falta tomar altura.

Emprender es eso: subir. No para dominar, sino para ver distinto. Desde el aire, el hielo ya no amenaza. Se vuelve paisaje. Distancia. Comprensión. El miedo sigue ahí, sí, pero ya no paraliza; ahora empuja.

La autoestima del emprendedor no se construye desde la certeza, sino desde el coraje de sostener una idea cuando aún no tiene forma completa. Desde aceptar el temblor sin convertirlo en freno. Desde tolerar no saber del todo, pero avanzar igual.

Porque el verdadero cambio no es profesional. Es identitario. Pasar de “me dicen qué hacer” a “yo decido qué construir”. Pasar de ejecutar proyectos ajenos a habitar el propio. Y eso, incluso cuando es duro, repara algo muy profundo.

Tomar alas no significa volar sin riesgos. Significa aceptar que el suelo ya no siempre estará bajo los pies. Que habrá aire, vacío, turbulencias. Pero también dirección. Altura. Horizonte.

Y un día, sin aviso, ocurre algo íntimo y decisivo: el miedo deja de ser muro y se vuelve motor. La incertidumbre deja de ser enemiga y se convierte en paisaje. Como ese hielo visto desde el cielo: ya no congela. Ahora revela la amplitud del mundo.

Emprender no es escapar del trabajo. Es reconciliarse con él desde uno mismo.

Y cuando eso sucede, incluso el vértigo se vuelve señal de vida.

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