TRABAJO
VIVO

Éramos cuatro, con una silla vacía

📖 3 minutos
🗓 18 abril 2025
✏️Escrito por Francisco Casaus

Éramos cuatro. Tres sillas ocupadas en torno a una mesa de la Casa Convento de la Almoraima (merece la pena dejar constancia de este remanso de paz en Castellar de la Frontera, con vistas al Parque de los Alcornocales).
Éramos tres, pero cuatro. Porque aprendimos a reflejarnos en el espejo del alma y conservamos la memoria (para lo bueno y para lo malo), compartiendo un secreto infalible, para nunca perder el norte: hacer visible lo invisible.
Paquito estuvo con nosotros. Esa cuarta silla era como la cuarta pata, imprescindible para nuestro equilibrio, el de los que presumimos de haber compartido tantas emociones.
Habíamos sido estudiantes de medicina, primero conviviendo en un colegio mayor, luego en un piso. Compartiendo una vida de estudiantes que no hemos perdido, todo lo contrario, que prometimos revivir cuando nos diera la gana.
Paquito, visible en la silla vacía, representaba que la ausencia no existe cuando la memoria está viva. Dimos fe de que tan vivos estamos precisamente porque Paquito nos acompañaba.
Tantos pasan y los mejores se quedan, los que verdaderamente dejaron huella. Dijo uno en la mesa que hay que aprender a acariciar las cicatrices, que lo importante es que hayan dejado de doler, aunque queden protuberancias, huellas de la carne viva, incluso muñones. Las cicatrices son absolutamente necesarias. No existe la identidad perfecta, impoluta, sin erosiones. Hasta las amputaciones tienen un registro emocional. Paquito y su silla vacía era nuestro querido y magnífico miembro fantasma.
Todos terminaremos confrontados a la desnudez de la muerte, lo que de verdad importa es que vayamos vistiendo el alma a base de cicatrices sanadas.
Hablamos de la empatía y de su importancia en el ejercicio de la medicina. La sana empatía recíproca, del médico al paciente, del sistema sanitario al paciente y del paciente al médico, al sistema. También los médicos necesitamos la empatía de nuestros pacientes.
La empatía, la cuarta silla vacía, el hacer visible lo invisible como pata del equilibrio, nos sitúa en un espacio común, gobernado por el tiempo (otra vez que podamos reunirnos) más que por el espacio.
Poco importa el espacio, al fin y al cabo, somos humanos por las emociones, capaces de convivir en planos diferentes, compartir la misma mesa y mantel para viajar rápidamente a otro instante o incluso sin vernos, sin saber unos de otros, identificarnos con la experiencia de nuestras emociones vividas colectivamente.
Hablamos de nuestros trabajos y, casi sin darnos cuenta de cómo hemos llegado a este momento, de la importancia que este ha representado en nuestras vidas.
Nuestro trabajo había comenzado en la Universidad, con semanas a contrarreloj para alcanzar los fines de semana de fiesta. De tanta fiesta compartida que ni sabemos cómo hasta aquí hemos llegado.
Es verdad, también hablamos de que la Universidad de la vida no siempre es justa con los médicos, con guardias inasumibles y colas de pacientes con tendencia a perder, precisamente, la paciencia.
Pero en el trabajo, cuando los reconocimientos de utilidad y de belleza se alían, es posible la sutil transformación del sufrimiento en placer.
Cuando me reflejo en el espejo del alma celebro las oportunidades que siempre me ha dado el trabajo, el placer inmenso que llega tras el sacrificio. Me percato de todas las sillas vacías que me rodean, que en realidad tienen a alguien visible acomodado en su regazo, mirando al horizonte lleno de alcornoques,  de reojo y con las orejas afiladas.
Paquito hablaba poco y escuchaba mucho, tenía empatía, está tan vivo como cuando lo parió su madre y nos sigue acompañando, a cada uno en su sitio, porque no es una cuestión de espacio sino de tiempo y de memoria.

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