TRABAJO
VIVO

En el trabajo el infierno pueden ser los otros

Categoría: Autoconocimiento
📖 5 minutos
🗓 30 marzo 2025
✏️Escrito por Francisco Casaus


Mi último libro, titulado “Puto Trabajo”, con la marca editorial “Trabajo Vivo”, estará disponible en Amazon en unos días. 

Son dos historias de ficción de burnout y sufrimiento en el trabajo, analizadas en una segunda parte del libro para comprender los mecanismos y la prevención del estrés crónico en el trabajo.

Uno de los personajes no es de nuestros tiempos (el estar quemado en el trabajo debe ser antiquísimo): se trata de una plañidera del antiguo Egipto (el oficio consistía en “animar” con lloros las ceremonias de los funerales) que, tras un estado de estrés crónico que se analiza en el libro, no podía llorar, habiendo quedado limitadas sus capacidades laborales.

Transcribo el capitulo del libro titulado “La tormenta llega, aunque no quieras”. En demasiadas ocasiones, el sufrimiento en el trabajo está mediatizado por la opinión y el comportamiento de los otros (compañeros de trabajos, jefes, clientes, etc…) hacia el trabajador. Entonces cobran actualidad los pensamientos existencialistas de Jean-Paul Sartre: también en el trabajo el infierno pueden ser los otros.

Transcribo:

Anat abrió el ventanuco a los pájaros, que regresaron a los pocos minutos picoteando precipitadamente unas migajas de pan de centeno antes de reinstalarse en la estancia, todavía fresca y en penumbra. Había amanecido nublado, el vuelo raso de las aves anticipaba tormenta.

Tenía prisa, quería tomar la delantera, llegar la primera al encuentro con las plañideras en los pórticos del ágora. Decidida. Como cuando Anastasia las convocaba y ella siempre llegaba puntual, con ganas.

Hoy era distinto. La tormenta llega aunque no quieras.

—¡Me pasa que no quiero llorar, que no voy a llorar más!

Sus compañeras se miraban unas a otras, ninguna se atrevía a hablar la primera. En el fondo se sintieron aliviadas. Habían planificado dejar a su suerte a Anat en la próxima ceremonia, pero esta deserción facilitaba las cosas. Anat se caía del grupo, ella solita. No había más que decir, el silencio otorga.

—¿No me preguntáis nada ahora? ¿No sabéis qué decir? ¿No os interesabais por mí? Ya veis que mi lengua no se la ha comido el gato.

El silencio otorgaba nuevamente.

Anat, bruscamente, arrancó a llorar; primero ahogando el llanto, luego a gritos. Como en los mejores tiempos con Anastasia. Pero era diferente, venía de lo más profundo, como cuando Anastasia nunca volvió. Sus compañeras no entendían nada, mirándose otra vez entre ellas, sin comprender la contradicción, el juego de Anat, pensaban absortas. ¿Las estaba poniendo a prueba?

Primero una, luego dos más, todas arrancaron a llorar al ritmo de Anat, como en los mejores tiempos.

—¡Basta ya! —dijo una de ellas, embargada de hipocresía.

—¡No sabes el daño que nos estás haciendo, Anat!

—Lloras, no lloras, no dices nada, antes nos dices que no quieres, ahora lloras como casi nada.

—¿Te has vuelto loca? ¿Nos quieres volver locas?

—No —respondió Anat

—  ¡Os quiero salvar! ¡No quiero llorar porque os quiero salvar! No puedo llorar de mentira, y es verdad. ¡Lo siento! Hoy lloro de verdad, y me he dado cuenta de que si no lloramos nos podemos salvar. ¡No quiero llorar!

No había quien la entendiera. Estaba claro que, si Anat no desaparecía del grupo, no habría bastones en el barrio suficientes para aporrearlas, pensaban las plañideras.

—¿Qué te pasa, Anat?

—Si quieres dejarnos, hazlo ya, nos las apañaremos, pero así no podemos seguir.

—¡Ya está bien! ¡No podemos cubrirte más!

—¡Mejor que no vayas a la próxima ceremonia! ¡Quédate en tu casa durmiendo! ¡No te queremos!

La tormenta perfecta.

Esa última exclamación le llegó al alma. Era una declaración de deslealtad penetrante, ¡con lo que quería a sus compañeras, sus amigas del alma! 

Ciertamente esto había llegado muy lejos. Los peores presagios, las pesadillas más perturbadoras. ¿Estaba en un sueño o en la realidad? Ahora entendía por qué sus pájaros volaron raso esta mañana y volvieron rápido a casa. O la tierra la tragaba o ganaba el cielo sin retorno.

«¿Qué me está ocurriendo? ¿Tan sola me puedo estar quedando? ¿Será verdad que me estoy volviendo loca? ¿Estamos todas locas?».

El silencio otorga y mata, como el aislamiento sucede al sufrimiento. Anat, medio muerta y aislada, aprovechó el silencio, con sollozos y una voz de ultratumba.

—El faraón quiere que participemos en su futura ceremonia. Cuando muera no quiere hacerlo solo, tendremos el honor de acompañarle hasta su magnífica pirámide y quedaremos sepultadas eternamente. El visir me lo transmitió una mañana estrechándome su mano autoritaria y aconsejándome que preparara a mi familia.

El cielo estallaba. Parecía el fin del mundo. Era el fin del mundo para las plañideras. Al abrigo de la lluvia, entre columnas, las tormentas precursoras de los desbordamientos del Nilo resonaban estruendosamente en los pórticos del ágora, pero más grave era el eco de las palabras de Anat.

El poder del Nilo era destructor si no se respetaba. El faraón era el rey del Nilo, el gran señor con derecho a prolongar la vida sentenciando la muerte de los otros.

El colectivo de plañideras estaba sumido en el caos. ¿Lloraban ahora de verdad o de mentira? ¿Cuándo era verdad y cuándo mentira?

El sufrimiento pone las cosas en su sitio si se sabe reaccionar a tiempo. Anat se levantó esta mañana de tormenta convencida de que hablarlo era la mejor forma de comenzar a superarlo, de que no llorar era la única alternativa que les quedaba para reorganizar sus vidas, aunque las molieran a bastonazos.

Antes no lloraba porque no podía; ahora no lloraba porque no quería.

Era liberador recuperar al menos el dominio de sus actos, aunque fuera catastrófico. No poder no significa no querer. Querer no es siempre poder. No poder queriendo implica la autonomía de decidir por una misma.

Se apaciguaba el sufrimiento, aunque hoy la tormenta fuera preludio de inundaciones.

La tormenta llega aunque no quieras.

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