TRABAJO
VIVO

El trabajo no tiene poder divino pero puede ayudar

Categoría: Gestión
📖 2 minutos
🗓 14 diciembre 2025
✏️Escrito por Francisco Casaus

El trabajo no es un lugar sagrado. No hay milagros organizativos, ni justicia trascendente, ni instancia superior encargada de reparar lo que se deteriora en él. Creer lo contrario conduce a una ilusión peligrosa: esperar que el trabajo salve, repare o reconozca siempre en proporción al compromiso entregado. La psicodinámica del trabajo es clara en este punto: el trabajo no protege por sí mismo. Puede construir, pero también desgastar. Puede dar sentido, pero también arrebatárselo. Y sin embargo, pese a la ausencia de poder divino, algo actúa.

En muchas organizaciones, el trabajo es investido implícitamente de un poder superior. Se le pide que estructure la identidad, que otorgue valor moral y, a veces, que justifique sacrificios personales profundos. Esta sacralización genera un deslizamiento insidioso: cuando el trabajo deja de cumplir sus promesas, es el sujeto quien se vive como fallido. Pero el trabajo no es una divinidad justa. Es un sistema humano, atravesado por restricciones, compromisos, relaciones de poder y renuncias. No puede garantizar reconocimiento, coherencia ni continuidad identitaria. Confundir el trabajo con una instancia moral absoluta expone al individuo a una violencia silenciosa: la de sentirse culpable por no haber sido “suficiente”.

Si el trabajo no tiene poder divino, ¿por qué sigue siendo tan central en la vida psíquica? Porque existe una fuerza invisible, menos espectacular pero decisiva: su capacidad para sostener un horizonte identitario. No se trata de magia ni de fe, sino de experiencia. El trabajo, cuando está mínimamente organizado, discutido y compartido, permite al sujeto responder a una pregunta esencial: quién soy yo en lo que hago. Esta fuerza invisible no reside en el puesto, ni en el organigrama, ni en los discursos corporativos. Reside en la posibilidad de reconocerse en la actividad real, de inscribirse en una historia profesional, de pertenecer a un colectivo de trabajo que valida la experiencia vivida.

El trabajo no salva, pero puede orientar. No cura las heridas íntimas, pero puede ofrecer continuidad. No garantiza la autoestima, pero puede contribuir a sostenerla. Cuando el trabajo permite al sujeto verse actuar, comprender su utilidad y compartir sus dificultades, se convierte en un punto de apoyo identitario. No como una respuesta definitiva, sino como un horizonte. Un horizonte no es una promesa, es una dirección.

El verdadero riesgo psíquico no es que el trabajo no sea divino. El riesgo aparece cuando la organización destruye esa fuerza invisible: cuando el trabajo ya no se puede decir, cuando los conflictos no se pueden nombrar, cuando el sujeto deja de reconocerse en lo que hace. En ese momento, el horizonte se derrumba. Proteger la salud mental en el trabajo no consiste en prometer felicidad. Consiste en preservar las condiciones que permiten al trabajo seguir siendo un lugar donde el sujeto pueda mantenerse en pie, sin confundirse con una divinidad que nunca fue. Porque en el trabajo no hay poder divino, pero cuando el marco es justo, existe una fuerza silenciosa que ayuda a no perderse.

Artículos relacinados

Filtrar