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Que no te den calabazas en el trabajo

📖 2 minutos
🗓 8 noviembre 2025
✏️Escrito por Francisco Casaus

Noviembre, con su aire otoñal y su mezcla de luces naranjas y hojas caídas, trae también un mensaje simbólico: las “calabazas”. En el amor, recibir calabazas es sinónimo de rechazo. En el trabajo, a menudo sucede algo parecido cuando nuestras expectativas emocionales, profesionales o éticas se estrellan contra la realidad de la organización.

Las “calabazas laborales” aparecen cuando uno se entrega —con ilusión, compromiso y sentido—, pero la respuesta es el silencio, la indiferencia o la sobrecarga.

El riesgo psicosocial no se manifiesta solo en la fatiga o en el estrés, sino en esa sensación profunda de no ser reconocido, de no tener espacio para existir dentro del sistema.

Puede adoptar múltiples formas: sobrecarga emocional, pérdida de sentido, relaciones degradadas, inseguridad y control excesivo, desmotivación.

En todos los casos, el resultado es similar: desencanto, desafección, y a veces el deseo de marcharse… o de no volver más.

La prevención de los RPS no consiste en repartir cursillos de “gestión del estrés” o poner frutas en la sala de descanso.

Consiste en cuidar la relación entre el trabajo y la persona, entre la tarea y el sentido.

Algunos antídotos sencillos:

  • Reconocer el trabajo bien hecho: un «gracias» sincero puede tener más poder que un bonus.
  • Dar voz a quienes realizan el trabajo que son los que conocen mejor el «terreno».
  • Clarificar el sentido y los límites: saber para qué y hasta dónde se hace algo protege más que cualquier protocolo.
  • Promover la cooperación: el aislamiento es el mejor aliado del sufrimiento.
  • Cuidar a quienes cuidan: mánagers, trabajadores de recursos humanos o de prevención y salud en el trabajo también necesitan apoyo.

Las calabazas no siempre vienen de una persona; a veces te las da el sistema, cuando promete desarrollo y ofrece desgaste, cuando habla de valores y practica la indiferencia.

Prevenir los riesgos psicosociales significa no dejar que la ilusión se pudra, sino convertirla en energía sostenible, en reconocimiento, en diálogo.

Cuida el sentido, la palabra y el vínculo. De ellos depende que el trabajo siga siendo un lugar donde crecer, y no un sitio del que huir. Ya sabes: que no te den calabazas.

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