Existe una idea profundamente arraigada: que un día llegaremos a ser quienes somos. Que los estudios, la experiencia y los años acabarán por convertirnos en una persona terminada, estable, definitiva.
Creo que es una ilusión.
No somos personas acabadas. Somos personas en construcción.
Y, lejos de ser una carencia, esa es probablemente una de las mayores riquezas de la condición humana.
Necesitamos seguir creciendo. Necesitamos seguir aprendiendo. Necesitamos que algo nos transforme. En definitiva, necesitamos sentir que todavía estamos construyéndonos.
Por eso el trabajo ocupa un lugar tan importante en nuestras vidas.
No solo trabajamos para producir, para ganar un salario o para alcanzar objetivos. Trabajamos también para construirnos a nosotros mismos.
Cada problema resuelto, cada responsabilidad asumida, cada dificultad superada y cada reconocimiento recibido añade un nuevo ladrillo a esa arquitectura invisible que llamamos autoestima.
La autoestima no se termina de construir en la infancia.
Continúa edificándose durante toda la vida.
El trabajo es uno de sus principales arquitectos.
La psicodinámica del trabajo lleva décadas mostrando que el trabajo no solo transforma el mundo que nos rodea. También transforma a quien trabaja. Cuando podemos realizar un trabajo del que nos sentimos orgullosos, cuando nuestro esfuerzo es reconocido y cuando encontramos sentido a lo que hacemos, no solo producimos un resultado: producimos también una versión más sólida de nosotros mismos.
Por el contrario, cuando el trabajo impide hacer bien las cosas, cuando la organización obliga a renunciar a la calidad o cuando el reconocimiento desaparece, no solo aparece el sufrimiento. También comienza a resquebrajarse esa construcción silenciosa de la autoestima.
Quizá por eso una pérdida de empleo, una jubilación o un cambio organizativo pueden vivirse como algo mucho más profundo que una simple modificación laboral. Lo que se tambalea no es únicamente una ocupación. Es uno de los lugares donde nuestra identidad seguía creciendo.
Ser una persona inacabada no significa estar incompleto.
Significa conservar la capacidad de seguir cambiando.
Mientras permanezcamos inacabados, seguiremos siendo capaces de aprender, de sorprendernos, de reinventarnos y de encontrar nuevos sentidos a nuestro trabajo y a nuestra vida.
Tal vez ese sea el verdadero privilegio del ser humano.
No llegar nunca del todo.
Porque es precisamente esa condición de obra inacabada la que hace posible que cada jornada de trabajo pueda seguir construyéndonos.