Septiembre. La vuelta al cole marca el regreso a la rutina. El trabajo se mete en el saco. Vuelta a empezar, perezosa y no exenta de riesgos cuando no se disfruta.
A veces no es el peso de dejar atrás, hasta el verano que viene, esas instantáneas de placer desparramados en la orilla o meditando. Desde antaño estas costumbres se han mantenido.
El trabajo, sin embargo, ha evolucionado. Hoy nos atrevemos a decir, si llega el caso, que no podemos más. Estamos en un periodo de aceptación de la trascendental dimensión psicológica del trabajo. Los riesgos psicosociales existen.
Sin embargo, dilucidar si estos pesan en el sufrimiento del trabajador, sin indagar en las condiciones y la organización del trabajo no es posible, o conduce a un abordaje terapéutico insuficiente y deficiente que puede complicarse con la desinserción profesional del trabajador.
Emerson Pugh, físico americano escribió una frase genial, a la vez que paradójica:
“Si el cerebro humano fuera tan simple que pudiéramos entenderlo, nosotros seríamos tan simples que no lo entenderíamos”.
El trabajo, desde un punto de vista psicosocial, es tan complejo como el cerebro, o tan simple que a veces no llegamos a comprender cómo puede complicarse tanto.
Probablemente fue el médico y premio Nobel español Santiago Ramón y Cajal, que comenzó en 1888 a elaborar un mapa del cerebro, quien revolucionó la concepción orgánica del cerebro y del sistema nerviosa, con el descubrimiento y la descripción de las neuronas. La familia de Cajal comía mucho pollo, porque fue precisamente con órganos de aves que el insigne científico comenzó en su propia casa a estudiar el cerebro.
Pero, establecidas las bases científicas, la clave comprensiva no está en el conocimiento anatómico de los enlaces sinápticos o de las neuronas y sus caprichos estructurales, sino en la interpretación de las emociones.
Actualmente la humanidad acaricia el sueño de entender la mente humana con el mapa más completo del cerebro de un ratón, siendo un consorcio milmillonario el que ha revelado por primera vez la organización profunda del órgano del pensamiento de un mamífero.
La neurocientífica Hongkui Zeng, directora del Instituto Allen de Ciencias del Cerebro, cree que sí podremos entender muchos aspectos del funcionamiento del cerebro humano, como las sensaciones, el movimiento, los diferentes estados emocionales y ciertos grados de inteligencia, pudiendo avanzar en las patologías mentales.
El futuro es inquietante si lo que nos interesa es exclusivamente la organización del cerebro. En el caso del sufrimiento en el trabajo, por ejemplo, nada sirve para comprender las cosas si no nos interesamos por la organización del trabajo.
Recordemos un capítulo de los Simpsons en el que Homer tapaba la luz roja de avería en el salpicadero de su coche para seguir adelante, un día más hacia la central nuclear.
Poner el foco de atención exclusivamente en la persona, en sus habilidades, en su capacidad de gestión, sin estudiar el impacto de las causas ambientales y sociales de la salud mental, es una manera simple de complicar el mundo del trabajo.
Precisamente porque el trabajador no es ni tan libre ni tan poderoso, el análisis del espacio, de sus roles, de sus redes de apoyo, de los sistemas de cooperación y reconocimiento, de la organización del trabajo, resulta fundamental para entender cada situación de sufrimiento.
El malestar del trabajador es un indicador de aviso, un sistema de alerta. Un sistema mental sano reacciona a lo dañino, como el airbag que salta, que trata de protegernos.
La medicalización de ese malestar, sin comprender el sentido psicosocial de la organización del trabajo, es el esparadrapo de Homer Simpson para seguir adelante.