En la montaña, nadie camina exactamente por donde está trazado el sendero. Aunque exista un itinerario claro, aunque las balizas marquen el camino, el paso real siempre se ajusta: una piedra que obliga a desviarse, una pendiente que se negocia, un atajo que aparece casi sin pensarlo. Caminar no es seguir una línea, es interpretar un terreno. Y en ese gesto, discreto pero constante, se juega la posibilidad de avanzar sin perderse.
En el trabajo ocurre algo muy similar. Existe un trabajo prescrito —procedimientos, objetivos, indicadores— que dibuja el sendero oficial. Pero el trabajo real, el que sostiene la actividad día a día, se construye en otra parte: en los ajustes, en los desvíos, en los pequeños “atajos” que los trabajadores inventan para que las cosas funcionen. No son trampas ni desviaciones caprichosas. Son, muchas veces, la única manera de hacer bien el trabajo.
La psicodinámica del trabajo nos recuerda que esta distancia entre lo prescrito y lo real no es un problema a eliminar, sino una condición inevitable de la actividad humana. Trabajar es precisamente habitar esa distancia. Es decidir, en cada momento, cómo seguir avanzando cuando el camino teórico ya no coincide con el terreno. Y para eso no basta con normas: hacen falta referencias vivas, compartidas, discutidas.
Ahí entran las balizas. En la montaña, no indican cada paso, pero orientan. Permiten saber si uno sigue en el camino, incluso cuando el terreno obliga a desviarse momentáneamente. En el trabajo, esas balizas son la cultura profesional, el intercambio entre compañeros, el reconocimiento de lo que se hace realmente. Son los puntos de apoyo que permiten tomar decisiones sin quedar aislado.
Cuando estas balizas desaparecen o pierden sentido, el trabajo se vuelve incierto. Los atajos se multiplican, pero ya no como expresión de inteligencia práctica, sino como soluciones individuales, silenciosas, a veces culpabilizantes. Cada uno hace “lo que puede”, pero sin saber si está bien. Y es ahí donde aparece la desorientación, el desgaste, la sensación de no estar nunca a la altura.
Sin embargo, eliminar los atajos no es la solución. Pretender un trabajo sin desvíos es ignorar la realidad misma del trabajo. Lo que importa es poder hablar de ellos, reconocerlos, comprender lo que dicen del terreno. Un atajo bien entendido no es una falta: es una información. Señala un punto donde el sendero oficial no se ajusta a la realidad. Es una oportunidad de aprendizaje colectivo.
Trabajar sin perderse no significa seguir siempre el camino marcado. Significa poder moverse entre senderos, balizas y atajos sin romper el sentido de lo que se hace. Significa no estar solo frente a las decisiones, poder apoyarse en un colectivo, en referencias compartidas. Significa, en definitiva, que el trabajo siga siendo un espacio donde orientarse, y no un territorio donde uno se pierde en silencio.
Porque, como en la montaña, lo importante no es evitar cada desvío, sino saber en todo momento dónde se está… y poder seguir avanzando.