Una encuesta realizada recientemente en Francia por un grupo hospitalario de psiquiatría y neurociencias de París revela que más de un sesenta por ciento de los trabajadores relacionan la degradación de la salud mental con la sobrecarga de trabajo. Se entrevistaron 2200 trabajadores de sectores privados y públicos, de los cuales 400 trabajan en servicios de recursos humanos.
En definitiva, que para muchos responsables de recursos humanos es la sobrecarga de trabajo la que deteriora la salud mental de sus colaboradores.
Efectivamente, entre los principales factores de riesgo psicosocial está la sobrecarga, generadora de estrés crónico al provocar en el trabajador un estado de vigilancia permanente que activa la secreción de cortisol (así se llama la hormona del estrés), incrementando la fatiga, la irritabilidad y los trastornos del sueño.
Es como cuando cargamos en exceso la batería del teléfono, tanto que el dispositivo se calienta. Este sobre calentamiento, como señal de que algo está yendo mal, es en el teléfono lo que en el organismo representa el exceso de trabajo: el cortisol por las nubes, hasta ponernos como una moto acelerada que puede derrapar a la primera curva pronunciada.
Dicho de otra forma: el estrés crónico ligado a la sobrecarga de trabajo puede quemarnos hasta el punto de fundirnos en trastornos psicológicos de origen profesional.
Vamos, que se nos pueden fundir los plomos con el exceso de trabajo. El problema es que ni somos un teléfono móvil al que cambiar la batería dañada, ni es tan evidente que dispongamos de fusibles para que la operación sea tan sencilla como cambiarlos.
El trabajo terapéutico para reparar el síndrome de desgaste profesional, ese burnout que tiene una parte de su origen en la sobrecarga de trabajo, tiene más complejidad que un simple cambio de batería o de fusibles. El ser humano no está fabricado en una cadena de suministro ni existen las piezas de recambio.
Ni siquiera es exclusivamente una cuestión de los límites de cortisol: en el terreno de los humanos, cuando se sobrepasa la «frontera», entran en juego las emociones. Subjetivas, personalísimas, determinadas y determinantes de la personalidad. Definía Aristóteles las emociones como “aquellos sentimientos que hacen que la condición de un individuo se transforme a tal grado que su juicio quede afectado, y que van acompañados de placer o dolor”.
Un consejo básico que daría a la hora de definir una política de calidad de vida en el trabajo en el seno de una empresa con sentido psicosocial es el de conciliar la vida personal y el trabajo siendo conscientes de que la sobrecarga puede estar en el origen de trastornos psicológicos.
Pero es un consejo demasiado básico en tanto que partiría de una premisa idílica: que la empresa construye su organización del trabajo con sentido psicosocial.
Sinceramente (atención, estoy adentrándome en el terreno de las emociones), a mí me interesa más la calidad que la cantidad de trabajo. No he conocido a nadie amargado porque disfrute con el trabajo.
Estoy de acuerdo con que hay que poner límites a la cantidad, pero lo más importante es que la organización del trabajo no perturbe nuestras emociones.
La mayoría de los trabajadores prefieren la inmensidad del océano y perderse en un hermoso horizonte que ahogarse en un vaso de agua porque quien organiza el trabajo no ha entendido el valor psicosocial que este tiene, con políticas que fomenten la cooperación y el reconocimiento.