El análisis psicodinámico del trabajo pone sobre la mesa, como elementos de discusión, de una parte, las habilidades, destrezas, el interés del trabajador y sus competencias, su estatus en la empresa; de otra, la solidaridad de grupo, el dictamen de los pares, el intercambio de las reglas del arte, de la profesión, su pertenencia a un colectivo profesional.
Son, respectivamente, los denominados por el profesor Christophe Dejours, juicios de utilidad y de belleza.
De alguna forma la identidad del trabajador se construye en relación con los otros, tanto con la empresa como con el resto del colectivo de trabajo. La percepción del otro y sus juicios de valor hacia el trabajador, tanto de utilidad como de belleza, y la autoestima, tienen una enorme importancia en la construcción de la salud por el trabajo, en la prevención de los riesgos psicosociales. Ciertamente existe un complejo vínculo entre trabajo y subjetividad.
El reconocimiento en el trabajo se administra dando tiempo diario, semanal, mensual, formal o espontáneo, a escuchar e interpretar el trabajo vivo, la experiencia descrita por los trabajadores, tanto operativa como emocional. Además del trabajo efectivo es muy importante reconocer la existencia y la aportación de la persona. Interesarse sinceramente por el trabajo y por las personas en su globalidad, comprendiendo que una buena parte de la identidad personal se forja en el trabajo.
Ni el reconocimiento ni, por supuesto, la sinceridad en el mismo puede sistematizarse. No consiste en protocolizar el reconocimiento e incluirlo en los manuales corporativos, sino de algo mucho más sutil y espontáneo que sale de dentro. Pero la empresa podría sistematizar la expresión del reconocimiento. Es una cuestión de liderazgo psicosocial a partir de ciertos reflejos, que abordo con detalle en mi obra «Lideres de Cabecera».
El éxito de la dinámica del reconocimiento se basa en que los juicios de utilidad y de belleza sean lo menos contradictorios. El respeto de las reglas del arte y la satisfacción del trabajo real son percibidas por la empresa y por el colectivo de trabajo, crucial para que el trabajo tenga sentido.
Entre la utilidad y la belleza, el reconocimiento del trabajo es una piedra angular para el resguardo de la salud mental del trabajador, actuando a modo de armadura, de coraza protectora de la descompensación psicológica que puede desencadenar el sufrimiento en el trabajo.
El reconocimiento en el trabajo, con un balance equilibrado entre los juicios de utilidad y de belleza, está del lado del placer.
El concepto de ola explosiva, de nueva ola, lo puso de moda la pandemia, la primera, la segunda, hasta la séptima ola, cuando perdimos la cuenta. Con lo distendido que resulta la contemplación del mar, incluso cuando está bravo. Las olas no siempre preceden a la tempestad, aunque son impredecibles a nuestra imagen y a nuestro control.
En el océano Atlántico, que es caprichoso, se produce con frecuencia un fenómeno curioso. Se forman olas relativamente grandes, espontáneas, vagabundas, más altas que la media de las olas que estamos divisando. Estábamos relativamente tranquilos en la orilla y, ¡clac!, una ola nos revuelca, hasta nos arrastra en su recogida. Una fuerte corriente nos quiere succionar y corre contra la dirección primaria de la ola. Otra ola se forma. Un choque de olas. Contra olas, más grandes que la primera, a veces las percibimos gigantescas. Capaces de ahogarnos si no nos dejamos llevar por la corriente. A veces hacerse el muerto es la mejor forma de no morir.
Algo parecido pasa en el mundo del trabajo cuando la relación del sujeto con la organización del trabajo se bloquea, la cooperación se dispersa, como cuando la primera ola rompe, la confianza se vuelve imposible, el efecto de succión en el retroceso nos hace perder el equilibrio, y el reconocimiento del trabajo fracasa, una segunda ola más grande nos golpea hasta revolcarnos.
El sufrimiento en el trabajo es parecido a un choque de olas. Contra olas que magnifican la percepción del fracaso organizacional, en definitiva, el fracaso de uno mismo cuando se está realmente implicado. Pero si el reconocimiento en el trabajo funciona, las cosas pueden evolucionar de otra manera. Puede que esa segunda ola, por grande que sea, no nos revuelque, que hayamos desarrollado sistemas individuales o colectivos de resistencia, los pies bien clavados en la arena y la espalda resistente, para que la ola no nos arrase, con ese sentido del ridículo al que nos deja expuestos el océano caprichoso cuando todo el mundo contempla desde la orilla, expectantes al revolcón que la ola nos puede dar.
Del reconocimiento depende el sentido del sufrimiento, que no fue en vano cuando se reconoce la calidad del trabajo, teniendo sentido los esfuerzos, las angustias, las dudas, las decepciones, los desalientos. El sufrimiento ha valido, ha sido mi contribución a la organización del trabajo y me ha hecho un sujeto diferente al que yo era antes del reconocimiento. El sufrimiento me ha expuesto, me ha realizado como persona. Hoy me quiero más, ha merecido la pena. La autoestima, que es pilar de la identidad y de la salud mental, me reconforta.
Salimos del océano, vapuleados, pero contentos. Con los aplausos imaginarios de la primera línea de bañistas desde la orilla. Ha sido útil y es de una belleza indescriptible cuando el océano se pone bravo y uno llega a dominarlo. Como el trabajo cuando, aunque caprichoso, está cargado simbólicamente de utilidad y de belleza.
El sufrimiento es normalidad cuando la organización del trabajo aprende de la realidad del trabajo, la cooperación funciona y se obtiene el reconocimiento sincero de la empresa y del colectivo. Cuando el trabajo, estando vivo, sostiene la estructura intima de la autoestima.
Esta normalidad del trabajo entrena la resiliencia, que es como el viento a favor que aprovecha un velero para, entre utilidad y belleza, seguir navegando en paz.