En mayo publico «Jaque», una obra que no se limita a contar historias: propone una experiencia íntima, casi incómoda, donde el lector se ve obligado a mirarse desde fuera. Porque, como nos recordó Jean-Paul Sartre, “el infierno son los otros”… pero en este libro, ese infierno tiene matices.
«Jaque» es un conjunto de relatos que llamo « concéntricos ». No es una elección estética casual: cada historia orbita alrededor de un mismo centro —la soledad— mientras sus personajes se cruzan, se influyen y, en muchos casos, se precipitan. No por el miedo a caer, sino por la inquietante posibilidad de arrojarse. El punto de partida del libro se sitúa en la tensión entre dos fuerzas: la existencia y la esencia. Siguiendo la estela de Sigmund Freud, el yo aparece como un receptor de lo externo y lo interno, atrapado entre pulsiones, conflictos e impulsos inconscientes. Pero aquí añado una capa decisiva: la del otro. No somos únicamente lo que pensamos o sentimos, sino lo que somos bajo la mirada ajena. Ese es el verdadero precipicio.
La geometría del libro no es solo conceptual, es emocional. Los personajes —Rosalía, Roberto, Adriana, Herminia, el profesor Tudanca o la inquietante Tatiana— habitan círculos que deberían ser estables, equidistantes, equilibrados. Pero cuando ese equilibrio se rompe, aparece el bucle. Un bucle mental, repetitivo, sin salida. Como en la vida real. Hay algo profundamente cinematográfico en este universo. No es casual que resuene el eco de Mujeres al borde de un ataque de nervios de Pedro Almodóvar, donde la angustia convive con lo cotidiano en un equilibrio tan frágil como fascinante. Mis personajes no son héroes ni villanos: son personas al límite, desbordadas, expuestas, que han cruzado —o están a punto de cruzar— la línea del desbordamiento psicológico.
Más allá de las referencias filosóficas o psicoanalíticas, «Jaque» tiene un epicentro claro: la soledad. Una soledad doble, la de estar solo y la de sentirse solo, y es en esa grieta donde nace el vértigo existencial. Aquí emerge una idea poderosa, casi contraintuitiva: la mejor defensa frente al “incendio de los otros” no es aislarse, sino reconstruirse. Quererse no como consigna vacía, sino como condición de equilibrio. Porque la relación con los demás empieza siempre por la relación con uno mismo.
El libro no se queda en la narración, propone —de forma sutil pero firme— una salida: la autoconstrucción. En este sentido, «Jaque» conecta con mi visión más amplia: el trabajo, las relaciones y la vida como escenarios donde se juega la salud mental. Donde el sentido —o su ausencia— puede ser la diferencia entre sostenerse o caer. Franz Kafka escribió que un libro debe ser “el hacha que rompa el mar helado que hay dentro de nosotros”, y «Jaque» apunta exactamente ahí. No ofrece respuestas fáciles ni promete finales tranquilos, pero sí algo más valioso: una mirada lúcida sobre ese momento en el que uno se asoma al abismo y comprende que el verdadero peligro no está abajo, sino dentro.
Disponible en mayo, «Jaque» es un libro breve en extensión pero amplio en resonancia. De esos que no se terminan al cerrar la última página, porque continúan —como un círculo imperfecto— en la conciencia del lector.