La naturaleza social del ser humano hace que haya fuerzas colectivas que influyan en las tasas de salud mental.
Es como en cardiología, por ejemplo, que sabemos que si la nutrición de la población es mala, hay más enfermedades cardiovasculares y cáncer.
El clima social y existencial en el que vivimos actualmente repercute en la salud mental, resultando en ocasiones tan perversa la influencia de las concepciones del otro sobre nuestra persona que, por ejemplo, ser diferente de los demás se está convirtiendo en un desencadenante de sufrimiento.
Lamentable, pero tanto como la crudeza con la que la vida misma puede llegar a sacudirnos cuando los escenarios reales superan el dramatismo de las películas de ficción.
En la clínica del trabajo, cuando se tira del hilo para comprender las situaciones de sufrimiento, encontramos trabajadores que describen la indiferencia de sus jefes o muchas veces un sentimiento de invisibilidad de su trabajo, incluso entre sus propios compañeros.
Se sienten solos, lo que no genera nada bueno para la empresa ni para la organización de trabajo. Ni, por supuesto, para el propio trabajador, en el foco del sufrimiento, movilizando recursos psicológicos que, de agotarse, pueden provocar la descompensación o incluso la enfermedad mental.
Cuando el trabajador pierde su autoestima y la motivación, se merma la productividad y la creatividad, lo que se traduce en una pérdida paulatina de reflejos, de capacidad para resolver los problemas y gestionar adecuadamente la carga de trabajo cotidiana.
Es dañino para la empresa y para el trabajador. Nadie gana.
El ser humano es intrínsecamente social y necesariamente está influenciado por los mecanismos de cooperación y de reconocimiento; por esas fuerzas colectivas que, viniendo de la interacción con el otro, tanto influyen, enigmáticamente, en la construcción de nuestra autoestima e identidad personal.
En la clínica del trabajo es fundamental la interpretación de la experiencia de la gente que trabaja, su descripción de lo que acontece en el terreno. La psicodinámica del trabajo no se entiende sin el análisis de la realidad de este.
Si tuviera que dar un consejo primordial para prevenir los riesgos psicosociales y proteger la salud mental en el trabajo, sería:
Evitemos los « callejones sin salida » en nuestras relaciones laborales.
El trabajo es vivir en compañía.
La cooperación en el trabajo es un proceso basado en la discusión, en el diálogo.
La cooperación es un proceso dinámico cuyo fundamento es la confrontación de experiencias individuales para consensuar deliberaciones colectivas.
Isaac Asimov, en su libro « 100 preguntas básicas sobre la ciencia », calificó de improcedente la pregunta « qué ocurriría si una fuerza irresistible se enfrentase con un cuerpo inamovible?, por la contradicción de la coexistencia de fuerzas irresistibles en mundos con cuerpos inamovibles, decía el científico.
Los modelos matemáticos no justifican los procesos subjetivos que intervienen en el mundo del trabajo.
Cuando el diálogo se complica en las empresas, el trabajo puede convertirse en un laberinto complejo, incluso con fondos de saco, con senderos que no tienen salida.
La discusión es un cimiento para la cooperación cuando se acepta la deliberación, cuando convergen las divergencias en una organización del trabajo que analiza el trabajo real y fomenta la acción colectiva respetando la idiosincrasia personal.
Desgraciadamente, en la clínica del trabajo me he encontrado muchas veces con posturas irreconciliables convertidas en laberintos sin salida, con « fuerzas irresistibles » que chocaban con « cuerpos inamovibles » en relaciones laborales interpersonales complejas, incluso perversas.
Es la embarcación de la fotografía en un camino sin salida.
Una organización del trabajo sin sentido psicosocial, anclada en un « ordeno y mando » más que en la discusión y la deliberación, está abocada al fracaso, pudiendo chocar con el muro del sufrimiento en el trabajo.