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El trabajo también hereda las desigualdades

📖 2 minutos
🗓 8 marzo 2026
✏️Escrito por Francisco Casaus

El trabajo no es solo una actividad económica. Es también un espacio donde se transmiten saberes, se construyen identidades y se definen lugares dentro de la sociedad. Cada generación aprende de la anterior no solo cómo hacer las cosas, sino también qué tipo de trabajos parecen “naturales” para unos y para otros.

Las desigualdades entre mujeres y hombres en el mundo laboral suelen medirse a través de indicadores conocidos: brecha salarial, acceso desigual a puestos de responsabilidad, trayectorias profesionales más discontinuas o mayor exposición a empleos precarios. Estas cifras son necesarias porque hacen visible una parte de la realidad. Pero no explican por sí solas cómo se construyen estas desigualdades.

Desde una perspectiva psicodinámica, el trabajo es también un lugar donde se transmiten representaciones sociales. Desde edades muy tempranas, muchas personas interiorizan qué actividades parecen corresponder a las mujeres y cuáles a los hombres. Esta distribución simbólica de los oficios influye en las orientaciones profesionales, en la valoración social de determinadas tareas y en la forma en que se reconoce el esfuerzo de quienes las realizan.

Existe además otra forma de desigualdad menos visible: la desigualdad de reconocimiento. Numerosas actividades realizadas mayoritariamente por mujeres implican competencias complejas que rara vez aparecen en las descripciones formales del trabajo. Escuchar, acompañar, transmitir conocimientos, cuidar la cooperación dentro de un equipo o sostener el funcionamiento cotidiano de una actividad son tareas esenciales para que el trabajo colectivo exista.

Sin embargo, las organizaciones tienden a valorar más aquello que es fácilmente cuantificable: resultados, productividad inmediata o indicadores de rendimiento. Cuando las dimensiones más relacionales y cooperativas del trabajo quedan en segundo plano, una parte importante de la contribución real al trabajo permanece invisible.

La psicodinámica del trabajo muestra que el reconocimiento es un elemento central para la salud mental y para el sentido del trabajo. Las personas aceptan la dificultad, el esfuerzo e incluso el conflicto cuando sienten que lo que hacen tiene valor a los ojos de los demás. Cuando ese reconocimiento falta, aparece el desgaste y la sensación de injusticia.

Por eso hablar de igualdad entre mujeres y hombres en el trabajo no se limita a corregir diferencias salariales o a equilibrar la presencia en determinados puestos. También implica revisar cómo valoramos los distintos tipos de trabajo y qué formas de inteligencia profesional reconocemos realmente.

El desafío no consiste únicamente en abrir el acceso a todos los oficios, sino también en reconocer plenamente la riqueza del trabajo que ya existe. Porque detrás de muchas actividades que durante mucho tiempo se han considerado “naturales” para las mujeres hay competencias, experiencia y compromiso que sostienen silenciosamente el funcionamiento de nuestras organizaciones.

Avanzar hacia una mayor igualdad pasa, en gran medida, por hacer visible ese trabajo real y otorgarle el reconocimiento que merece. Solo así el trabajo puede convertirse verdaderamente en un espacio de dignidad compartida y no en un lugar donde las desigualdades se reproducen de forma silenciosa.

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