Cada organización de trabajo es un universo, a priori concebida como un todo ordenado, pero potencialmente expuesta al caos.
El conocimiento del trabajo individual y de la acción colectiva, la preservación de la integridad física y de la salud mental de sus integrantes, la calidad de vida en el trabajo como motor de desarrollo y de adaptación organizacional a las expectativas de las nuevas generaciones, deben ser prioridades empresariales de primer rango.
El dilema es que no puede modelizarse el comportamiento humano.
Las empresas podrán hacer precisas estimaciones o predicciones matemáticas pero están abocadas al fracaso si no son capaces de gestionar con sentido psicosocial las emociones de sus colaboradores.
El reconocimiento de la inteligencia que cada trabajador moviliza y la elaboración de reglas basadas en valores compartidos, preservaría las sutiles bases de la confianza y del deseo de cooperar.
La estrategia de una empresa que quiera liderar el mercado y, a su manera, transformar el mundo; es incompatible con una organización del trabajo que hostigue la necesaria transformación positiva de cada colaborador a partir del trabajo.
El diálogo social y el fomento de espacios de discusión y deliberación para repensar constantemente el trabajo son fundamentales para evitar las patologías derivadas de la falta de comunicación entre los trabajadores y de estos con sus responsables jerárquicos.
El trabajo modela la identidad y el carácter de la gente que trabaja. Aprovechando su potencial de socialización se puede construir un mundo mejor. O peor. Todo depende. De ti, de tus colegas de trabajo y, especialmente, de la organización y las condiciones de tu empresa.
De eso se trata, de modelar la organización del trabajo para que, con su potencial de transformación del mundo y de tu personalidad, haga mejores a las empresas, preservando el equilibrio y la salud mental de sus trabajadores.