TRABAJO
VIVO

Cada uno de su padre y de su madre

📖 6 minutos
🗓 3 enero 2025
✏️Escrito por Francisco Casaus

Un fragmento de mi última novela, titulada «Del trabajo al cielo», que tienes disponible en Amazon desde hace unos días:

—Es que no hay otra salida, Flora.

—Mira ahí enfrente, Felipe. Miles de personas circulando. Cada uno de su padre y de su madre, con sus sueños, con sus problemas. Con sus trabajos o vagabundeando. ¿Os creéis los reyes del mambo en Alma Telecom? ¿Creéis que vais a arreglar el mundo?

—Ya, Flora, pero tú no lo entiendes, por eso te escribí la carta.

—Y te lo agradezco, Felipe, pero lo entiendo perfectamente. Carlos me lo había contado todo, que se reunía contigo, que os contabais los problemas, que lo humillaban, que no podía más, que tenía ideas suicidas. Pero ¿qué podía hacer yo, Felipe? ¡Si no había manera de aliviarlo!

Flora arrancó a llorar, una mezcla de pena y de rabia. Yo estaba estupefacto, sin saber qué hacer, torpe y mirando de reojo, con la rabia que me da.

—Carlos me lo contaba todo, Felipe. Éramos uña y carne. Uno para el otro, y mira el resultado. Todavía no somos capaces de hablar con claridad las niñas y yo, ya te lo dije esta mañana, es como si su padre estuviera de viaje de negocios. Y yo sé que su padre es un cabezón capaz de quitarse el arnés para tirarse por un barranco, porque se cree invencible, convencido de que siempre lleva razón y de que hay que dar ejemplo. Menuda chorrada ha hecho, Carlos, ¡tú no lo hagas!

—Te escribí la carta por ti y por las niñas, no sabía que estabas al tanto de todo.

—Gracias, Felipe. El caso ya lo tengo en manos de abogados y vamos a denunciar a la empresa por acoso moral en el trabajo.

Flora me estaba arrollando: si todos lo sabíamos, ¿por qué Carlos se nos fue de las manos? No me atreví a preguntarlo, pero esta Flora herida te leía la mirada.

—Felipe, la soledad es la peor de las consejeras. Carlos, tan extrovertido y dinámico, se fue quedando solo consigo mismo. Lo de Alma Telecom, con toda la precipitación de deshacer lo que habíais construido, fue la gota que colmó el vaso. Pero Carlos, que nos quería con locura y que era un padre extraordinario, vivía para sí mismo. No desconectabais del trabajo, no había límite para vosotros.

—Ya.

—Alma Telecom es una parte importante de vuestra vida, estoy de acuerdo. Pero esa superioridad de que todo gira alrededor de vuestra empresa y convertirla en vuestro exclusivo círculo social, en vuestro submundo, os ha llevado a vuestra propia soledad y renuncia, una trampa para vuestra mente.

—Ya, ya, Flora.

—Al final habéis construido vuestro laberinto porque no sabéis lidiar con el mundo.

—¡Para ya, Flora, por favor!

—Eso me decía Carlos: «¡Para ya!, ¡para ya!». ¡Y se nos escapó!

—¡Por favor!

—¡Escucha bien, Felipe! He venido para que lo escuches bien: la libertad se conquista estando en el mundo, desde dentro, no en soledad. Mira la gente de ahí enfrente, la Gran Vía está siempre abarrotada. ¿Piensas que, si alguien se estampa y esparce los sesos contra la acera, proyectado desde una planta veintiuno, la gente continuaría su camino por encima de los restos impregnándose de sangre?

—Flora, por favor.

Nos miran de reojo en la terraza del restaurante. Estoy sonrojado y malherido, aún más.

—No, la gente piensa, se estremece. Unos se emocionan, otros sienten asco por los restos, nadie queda indiferente, pero todos cambian de acera y continúan. Se implican, unos más que otros, es cierto, pero ninguno pierde la oportunidad del futuro, Felipe. Desconectarse del mundo es no pedir ayuda, pensar que uno solo puede arreglarlo, o que no tiene arreglo. Imagino que la mayoría de las veces se hace por los demás. Cuando uno se queda solo, el juicio de los otros se vuelve muy peligroso, enredándose la mente en verdaderas crisis de desamor con uno mismo. Ellos siguen de largo, no lo olvides, Felipe. La vida sigue, menos mal, la vida tiene que continuar. ¡Amor propio!, Felipe, eso es lo que hay que recuperar, el amor propio.

—Flora, en Alma Telecom no nos permiten el amor propio.

—Pues cambiad de acera, Felipe, ¡cambiad de acera! Pedid ayuda especializada para recuperar vuestro amor propio y cambiad de acera. Vuestra madre no os parió para que perdáis la vida por una causa justa, sino para que, con el juicio sano, sepáis vivir en este mundo cambiante y para que cambiéis de acera cuando sea necesario.

—No es tan fácil, Flora. Siento en el alma decírtelo, con todo lo que estáis sufriendo.

—Es verdad, Felipe, probablemente nuestra visión de hoy sea que todo es una mierda, pero cada segundo que pasa es ya parte del pasado: tu carta de esta mañana es del pasado; mis noches en vela con Carlos, tratando de convencerlo sin que se enteraran las niñas, son del pasado. Hay que darse la libertad de llegar a mañana y luego a pasado mañana. No hay que conducir exclusivamente con los espejos retrovisores, hay que cambiar de camino para buscar otra ruta si el atasco es imposible, y encender los faros si la noche cae, y llevar el coche a los mantenimientos o a las reparaciones si no circula bien.

—Pero Carlos estaba yendo al psiquiatra.

—Sí, porque lo convencimos, no podía permitirme que las niñas me miraran de reojo con su padre enroscado en la cama todo el tiempo. Lo convencimos nosotras, pero él nunca se convenció a sí mismo de que era la solución para ganar el futuro, para cambiar de acera. No quiso esperar a mañana. A lo mejor ahora estaríamos aquí, pero de otra forma, proyectando otro viaje contigo o simplemente viendo a la gente circular por la Gran Vía, al ritmo frenético de nuestros días, con todos sus fracasos y sus calamidades, pero circulando, dentro del mundo.

—Ya, Flora, pero no puedo más, ¡yo qué sé! Hay días que no me reconozco en el espejo y me lo imagino vacío, sin que haya reflejo. Y creo entonces que las cosas irían a mejor si desapareciera, siguiendo la senda de Carlos. Remando con él.

—Necesitas ayuda, Felipe. No he venido hasta aquí para que sea un tú tampoco. Cuando vendías Nokias eras un hombre feliz, lo has contado cientos de veces, y sin embargo cambiaste de acera. Es curioso: cuando mejor te encontrabas pensaste en otro futuro. Yo no quiero convencerte, Felipe, de que tus sentimientos sean irracionales. Todo lo contrario, entiendo y padezco la gran injusticia, el castillo que habéis montado y que se desmorona. Comparto vuestros principios éticos y cómo la buena gente, auténtica, puede tener baches, depresiones profundas, ideas suicidas. Lo entiendo, Felipe. Pero tomaste la decisión de cambiar de acera cuando mejor te iba porque pensaste en las perspectivas de mañana. Todo podía cambiar a mejor. Y ahora, precisamente, de bache en bache en un camino de sufrimiento, no estás pensando en un cambio de ruta, sino en un frenazo en seco. Por favor, Felipe Buendía, ¡no pases por encima del cuerpo de Carlos Salvatierra impregnándote con su sangre! ¡Cambia de acera! Tengamos a Carlos en el recuerdo, disfrutemos de su memoria, pero ganemos un día, Felipe. Solo un día más. Todo cambia en un segundo, y un día tiene 86.400 segundos; es la vida entera de algunas especies efímeras. Tu libertad, Felipe, está en vivir un día más porque te da la gana y nadie te lo va a imponer ni a impedir. No he venido a convencerte de nada, he venido a que te concedas un día más.

—Carlos no lo entendió así, Flora.

—No, tienes razón. Todo empieza por amarse a uno mismo. Y no soy tonta, puedo ponerme en vuestro pellejo y entenderos en vuestro sufrimiento. No sois unos cobardes ni unos egoístas, sino personas tan desbordadas por el proceso que empezáis a dejar de amaros a vosotros mismos y os metéis entonces en un camino sin salida. Es curioso, lo decíais tanto y me lamento de que lo hayáis olvidado: para el placer en el trabajo lo importante es el proceso. Pero no caísteis en varios detalles: ¿y si el proceso no llevaba a una buena finalidad? El trabajo es una confrontación permanente al fracaso y es parte de la vida, estoy de acuerdo con vosotros; os lo he escuchado muchas veces en las tertulias con Mariana. Pero cuando invade la vida completa, sin desconexión emocional, hay que pedir ayuda. Eso lo habéis perdido de vista. El amor propio tiene más sutilidades que el recíproco, Felipe. El segundo se construye desde el primero, pero viceversa no siempre es posible. El amor mutuo desaparece, se esfuma, desde el momento en que dejáis de amaros a vosotros mismos. ¿Es que no lo entiendes, Felipe?

(…)

Artículos relacinados

Filtrar