Aprovechando unos días de vacaciones y una efímera coincidencia geográfica (el paso del tiempo se alía con el espacio para alargar las distancias) quedamos tres compañeros de colegio mayor, de piso; tres colegas del alma de las emociones juveniles de estudiantes de carrera, de confidencias incontables: tres amigos, de los que no disuelve el tiempo ni el espacio. Tres confidentes que volvemos a serlo, de un chispazo, cuando nos da la gana.

Bueno, éramos tres en la foto y para el servicio de sala de la Casa Convento de la Almoraima, pero en realidad éramos cuatro. Paquito estuvo presente. Siempre lo ha estado, porque lo estuvo y porque a ninguno de los tres la memoria nos ha traicionado.

Una silla vacía es una señal de vida cuando la presencia lo fue con sentido. La presencia es antecesora de la ausencia pero indeleble para nosotros, los que todavía nos miramos al espejo del alma.

Nos conocimos muy jóvenes y los cuarto terminamos compartiendo un piso que olía a neurona achicharrada, de noches en vela para poder soportar los fines de semana de fiesta. La contradicción del buen estudiante: la época de nuestra vida más estresante y liberadora de estrés, la más sufrida y la más divertida. Lo decíamos ayer: la época que nos marca precisamente porque nos desmarca a cada uno en su confrontación a la soledad (el desapego de la familia) aunque fuera compartida en los momentos de estrés y de gloria.

El trabajo ocupa una gran parte de la vida. Para los estudiantes de medicina empieza desde muy jóvenes, diría que desde el bachillerato cuando o eres bueno (muy bueno) o ni siquiera puedes aspirar a ser médico.

Ahora, tal y como nos trata la sociedad en España, parace que hubiésemos sido malísimos, castigados con guardias inmundas en los hospitales y con una presión asistencial de hasta cincuenta pacientes en los centros de salud. Para colmo, cada vez de más en cuando, los pacientes pierden la paciencia.

En fin, ayer no era momento para quejarnos sino para refrescar la memoria sublime del tiempo compartido y ganado a pulso. Además, la utilidad y la belleza de nuestra profesión nos ha colocado en el mundo como lo que somos que, a veces, cuando se dan las buenas circunstancias y los buenos colegas y amigos al lado, puede ser mejor incluso que lo que quisimos ser.

Los cuatro lo sabemos y lo brindamos, hasta que una próxima vez nos dé otra vez la gana de reencontrarnos.