En la serie lanzada por Netflix “El juego del calamar”, su creador, director y guionista coreano, Hwang Dong-hyuk, se consolidó como una de las 100 personas más influyentes del mundo, según la revista Time.
El objetivo del creador era hacer conexión entre los juegos nostálgicos de la infancia de Corea del Sur y la sensación de competencia sin fin que sienten los adultos modernos. Los recuerdos bellos e inocentes de la infancia se convierten en la realidad más espantosa.
La trama gira en torno a 456 personas que, desesperadas por su situación económica, compiten en un misterioso juego de supervivencia. Quien logre la victoria se llevará un gran premio y, los perdedores simplemente perderán la vida.
Parece el retrato exagerado de las organizaciones empresariales que se posicionaron del lado del sufrimiento.
¿Exagerado? El sufrimiento en el trabajo puede tener consecuencias nefastas.
El filme documental de Jean-Pierre Bloc, “Por la puerta o por la ventana” (2023), basado en los hechos reales y juzgados en Francia a raíz de múltiples suicidios entre los trabajadores de una compañía de telecomunicaciones, analiza el largo combate sindical y social para el reconocimiento de unos hechos que convulsionaron a la sociedad francesa y marcaron un hito en la gestión de los riesgos psicosociales en el trabajo.
El contrato de trabajo (de derecho o de hecho), que marca una relación de subordinación y dependencia a la normativa laboral y a la organización jerárquica de la empresa, no debe ser de un contrato de sumisión que extravase las leyes del sentido común y de la convivencia en armonía, con los demás (colectivo de trabajo) y con uno mismo (margen de autonomía).
En mi programa de formación « El sentido del trabajo », dirigido a managers que convierten el trabajo en una oportunidad para el bienestar y la salud mental de sus equipos, demuestro que la clave está en la sutil balanza entre la autonomía en la subordinación y la lealtad en la independencia.
O sea, que el trabajo sano no es una cuestión ni de huevos ni de cuernos.