Durante meses, la higuera está ahí. Ocupa su lugar en el jardín, extiende sus ramas, ofrece sombra. Uno pasa junto a ella sin detenerse demasiado. Y, de pronto, una mañana, entre decenas de frutos todavía verdes, aparece el primero que ha comenzado a madurar.
Para mí, ese momento tiene siempre algo emocionante.
No porque haya sucedido de repente, sino precisamente porque sé que no ha sido así. Aunque nosotros solo descubramos ahora el resultado, llevaba mucho tiempo ocurriendo.
Hay algo del trabajo que se parece profundamente a esta imagen.
Vivimos en organizaciones que han aprendido a mirar los frutos: los resultados, los indicadores, los objetivos alcanzados, los proyectos terminados. Nos hemos acostumbrado a celebrar —y también a exigir— aquello que finalmente puede recogerse, medirse y mostrarse.
Pero el trabajo real sucede mucho antes.
Sucede en todo aquello que no se ve.
En la persona que duda antes de decidir y, aun así, decide. En quien encuentra una solución que ningún procedimiento había previsto. En quien corrige discretamente un error antes de que se convierta en un problema. En la conversación informal que evita un conflicto. En el gesto de un compañero que ayuda a otro sin que nadie se lo haya pedido.
La psicodinámica del trabajo nos enseña precisamente eso: trabajar nunca es limitarse a ejecutar una tarea.
Trabajar es enfrentarse a lo que resiste.
Porque entre lo que está prescrito y lo que realmente ocurre siempre existe una distancia. Y es en esa distancia donde cada persona pone algo de sí misma: su inteligencia, su experiencia, su sensibilidad, su capacidad de improvisar, de cooperar, de soportar la incertidumbre y, algunas veces, también de sufrir.
Nada de eso aparece fácilmente en un cuadro de indicadores.
Como tampoco vemos madurar un higo.
Podemos mirar la higuera cada mañana y tener la impresión de que nada cambia. Sin embargo, en silencio, la savia circula. El fruto se transforma. El tiempo hace su trabajo hasta que, un día, aquello que llevaba semanas construyéndose se hace visible.
Quizá por eso reconocer el trabajo sea mucho más importante que felicitar únicamente por el resultado.
Reconocer el trabajo significa interesarse por cómo se ha conseguido.
¿Qué dificultades hubo que superar? ¿Qué inteligencia fue necesaria? ¿Qué decisiones hubo que tomar cuando las reglas ya no bastaban? ¿Quién ayudó a quién? ¿Qué parte de uno mismo hubo que poner para que aquello finalmente saliera adelante?
Preguntar por todo eso es devolver valor a una dimensión esencial del trabajo humano que nuestras organizaciones olvidan con demasiada facilidad.
Porque una persona puede recibir un salario por ocupar un puesto y, sin embargo, necesitar algo diferente para poder reconocerse en lo que hace: sentir que su esfuerzo tiene sentido, que su contribución es percibida y que aquello que entrega de sí misma no desaparece en el silencio.
El reconocimiento no es un adorno del trabajo.
Es una de las formas en las que el esfuerzo puede transformarse en orgullo, la dificultad en experiencia y el cansancio en la sensación de haber construido algo que merecía la pena.
Esta mañana, en mi jardín, ha comenzado a madurar el primer higo.
Los demás siguen verdes.
Y al mirarlos he pensado que quizá deberíamos aprender a observar el trabajo de la misma manera: no esperando únicamente el momento de recoger los frutos, sino prestando atención a todo lo que, silenciosamente, ha sido necesario para hacerlos madurar.
Porque detrás de cada resultado hay un tiempo que nadie contabilizó.
Una inteligencia que quizá nadie vio.
Un esfuerzo que no siempre fue contado.
Y, casi siempre, alguien que puso mucho más de sí mismo de lo que figuraba en su descripción de puesto.