TRABAJO
VIVO

Lo que el trabajo protege en las edades extremas

📖 3 minutos
🗓 7 junio 2026
✏️Escrito por Francisco Casaus

En el Congreso Nacional de Medicina y Salud en el Trabajo de Lyon, uno de los temas más interesantes fue, sin duda, el del trabajo en las edades extremas. Detrás de esta expresión algo técnica se esconde una cuestión profundamente humana: ¿qué ocurre con la persona cuando trabaja siendo muy joven, muy mayor o cuando el tiempo, el cuerpo o la historia profesional empiezan a fragilizarla?

Durante mucho tiempo, el envejecimiento laboral se abordó casi exclusivamente desde el ángulo de las limitaciones: el desgaste, la fatiga, las restricciones médicas o la adaptación de los puestos. Sin embargo, hoy emerge otra mirada, más matizada y profundamente psicodinámica: el trabajo también puede constituir una protección cognitiva, psíquica y social.

Pero no cualquier trabajo.

Un trabajo vivo.

El congreso recordó algo esencial: la actividad profesional mantiene activas múltiples funciones cognitivas. Organizar, anticipar, arbitrar, memorizar, transmitir, cooperar o resolver imprevistos moviliza continuamente la inteligencia práctica del trabajador. El trabajo actúa entonces como una forma discreta de gimnasia mental cotidiana.

Sin embargo, la psicodinámica del trabajo nos invita a ir más lejos: no es únicamente la tarea la que protege, sino la forma en que la persona puede seguir habitando su trabajo.

Cuando el trabajador conserva autonomía, márgenes de maniobra, capacidad de reflexión y posibilidad de debatir sobre el trabajo real, la actividad continúa alimentando la identidad. El sujeto no se limita a ejecutar: interpreta, ajusta, inventa, transmite. Sigue siendo actor de su trabajo.

Por el contrario, un trabajo empobrecido, excesivamente protocolizado, aislado o privado de reconocimiento puede acelerar fenómenos de retirada psíquica. Aparece entonces una forma de apagamiento progresivo: menos iniciativa, menos compromiso cognitivo, menos placer por pensar el propio trabajo.

El congreso insistió también en el papel del colectivo. Envejecer en el trabajo no depende únicamente del estado de salud individual. Depende también de cómo la organización mira a sus trabajadores. Un colectivo que reconoce la experiencia, que permite la transmisión y que valora los saberes adquiridos protege mucho más que un entorno obsesionado únicamente por la productividad inmediata.

En esta perspectiva, el reconocimiento se convierte en un verdadero factor de salud cognitiva.

Ser reconocido por la utilidad, por la experiencia acumulada o por la capacidad de ayudar a otros a comprender la realidad del trabajo alimenta la autoestima y sostiene la continuidad de la identidad profesional. Por el contrario, cuando la experiencia se vuelve invisible, el trabajador corre el riesgo de convertirse simplemente en un coste o en una variable de ajuste.

La cuestión del sentido aparece entonces como central.

Porque quizá lo que más desgasta no sea siempre la edad, sino la pérdida de significado. Muchos profesionales de edad avanzada siguen desplegando una enorme energía cuando sienten que todavía son útiles desde el punto de vista humano, técnico o colectivo.

En el fondo, este tema del congreso nos recuerda algo sencillo pero fundamental: el trabajo no protege únicamente por el salario o el estatus. También puede proteger a través del pensamiento, del vínculo social, del reconocimiento y de la posibilidad de seguir sintiéndose vivo dentro de la actividad.

Y probablemente una de las grandes misiones futuras de la salud laboral será precisamente esta: preservar no solo la capacidad de trabajar, sino también la capacidad del trabajo para seguir haciendo vivir al sujeto.

Artículos relacinados

Filtrar