La neurocientífica madrileña Sara Mederos recordaba recientemente en una entrevista que el cerebro humano no está diseñado únicamente para reaccionar al peligro, sino también para aprender cuándo ese peligro ha desaparecido. Su trabajo sobre los mecanismos cerebrales del miedo y la ansiedad abre una reflexión especialmente valiosa para comprender el sufrimiento contemporáneo en el trabajo. Porque, en muchas organizaciones, el problema no es solamente la intensidad de una carga o la dificultad de una tarea. El verdadero problema aparece cuando el cuerpo deja de encontrar espacios internos de seguridad.
Desde la psicodinámica del trabajo sabemos que el ser humano no trabaja únicamente con sus manos o con su inteligencia racional. Trabaja también con su historia, con su deseo de reconocimiento, con su necesidad de pertenencia y con sus mecanismos de defensa. El trabajo transforma al sujeto, pero también puede erosionarlo silenciosamente cuando la experiencia cotidiana es vivida como una amenaza persistente.
Las investigaciones de Sara Mederos muestran que ciertas estructuras cerebrales implicadas en el miedo pueden permanecer activadas incluso cuando el peligro ya no está objetivamente presente. El cerebro aprende la amenaza, la memoriza y, en ocasiones, deja de distinguir claramente entre el riesgo real y la anticipación permanente del riesgo. Esta idea resulta profundamente iluminadora para pensar muchos cuadros actuales de desgaste profesional, hiperalerta, ansiedad anticipatoria o agotamiento psíquico en el ámbito laboral.
En numerosas situaciones clínicas, el trabajador no describe necesariamente un “gran trauma” visible. Describe algo más difuso y más profundo: la sensación de no poder bajar la guardia. Correos leídos con tensión antes de abrirse. Reuniones anticipadas con miedo. Cambios organizativos vividos como amenazas vitales. Silencios jerárquicos interpretados como peligro. Objetivos que ya no movilizan, sino que mantienen al sujeto en un estado de vigilancia continua.
Desde fuera, muchas veces todo parece normal. El trabajador sigue produciendo, asistiendo, respondiendo. Pero internamente, el cuerpo permanece movilizado como si estuviera esperando constantemente una señal de peligro. La psicodinámica del trabajo ha mostrado desde hace décadas cómo ciertas organizaciones pueden generar formas de sufrimiento invisibles que no dependen solamente de la cantidad de trabajo, sino de la imposibilidad de transformar psíquicamente la experiencia laboral en algo vivible, comprensible y reconocible.
Quizá por eso impresionan tanto ciertas huellas materiales del pasado, como las marcas de las grandes inundaciones grabadas en piedra en el centro histórico de Burgos. Años después de que el agua desapareciera, la ciudad continúa conservando visible el nivel que alcanzó la amenaza. Algo parecido ocurre a veces en el trabajo: externamente todo parece haber vuelto a la normalidad, pero el cuerpo conserva inscrita la memoria del desbordamiento. La experiencia del peligro permanece silenciosamente registrada mucho después de que el acontecimiento haya terminado.
Ahí reside probablemente uno de los grandes desafíos contemporáneos de la salud laboral: comprender que el sufrimiento no aparece únicamente cuando el individuo “ya no puede más”, sino mucho antes, cuando desaparecen las condiciones subjetivas que permiten al cerebro y al cuerpo sentirse suficientemente seguros dentro del trabajo real.
La aportación de investigaciones como las de Sara Mederos resulta especialmente valiosa porque nos recuerdan algo esencial: el miedo no es solamente una emoción. Es también una forma de organización corporal y cerebral del vínculo con el mundo. Y cuando el trabajo es vivido de manera crónica como incertidumbre, amenaza o aislamiento, el organismo aprende lentamente a permanecer en alerta.
Tal vez la prevención moderna de los riesgos psicosociales deba empezar precisamente ahí: no solamente reduciendo indicadores o gestionando crisis visibles, sino reconstruyendo condiciones de confianza, cooperación y reconocimiento capaces de permitir que el sujeto vuelva, poco a poco, a bajar la guardia.