Existe un ejercicio sencillo, casi incómodo por su sencillez. Ponerse delante de un espejo y hacerse tres preguntas: ¿quién era yo antes de este trabajo?, ¿quién soy mientras lo hago?, ¿y en quién me estoy convirtiendo después de tantos años trabajando?
La psicodinámica del trabajo nos recuerda algo esencial: el trabajo no solo produce resultados, objetos, informes o cifras. El trabajo también produce identidad. Va moldeando silenciosamente nuestra manera de mirarnos a nosotros mismos. Nos transforma. A veces nos fortalece. A veces nos desgasta sin que apenas nos demos cuenta.
Antes del trabajo suele existir un deseo profundo. El deseo de aprender, de ser útil, de encontrar un lugar en el mundo, de sentirse reconocido por los demás. Pocas personas comienzan a trabajar únicamente por dinero. La mayoría llega con algo mucho más humano: la esperanza de que su esfuerzo tenga sentido y de que aquello que hace merezca la pena.
Después aparece el “durante”. La realidad cotidiana. Los objetivos, la presión, las reuniones, las prisas, los silencios, las responsabilidades. Los correos que llegan demasiado tarde. Las tensiones invisibles. Las pequeñas heridas diarias que nadie registra en ningún indicador. Pero también los compañeros que ayudan, las conversaciones que alivian, los gestos profesionales bien hechos, el orgullo íntimo de terminar una tarea y pensar: “hoy he trabajado bien”.
Y es precisamente ahí donde se construye o se rompe la autoestima.
Porque la autoestima no nace de frases motivacionales ni de fórmulas vacías de desarrollo personal. La autoestima se construye en experiencias muy concretas: sentir que nuestro trabajo sirve para algo, poder expresar una dificultad sin miedo al desprecio, notar que nuestras competencias son reconocidas, mantener cierta coherencia entre lo que pensamos y lo que hacemos, conservar la sensación de dignidad en el trabajo cotidiano.
La salud mental no depende únicamente de no estar enfermo. Depende también de poder seguir reconociéndose uno mismo en aquello que hace cada día.
Y finalmente llega el “después”. Después de los años, después del cansancio, después de las victorias y las decepciones. Hay personas que, al mirarse al espejo, sienten que el trabajo les ayudó a crecer, incluso con sufrimiento. No porque todo haya sido perfecto, sino porque conservan la sensación de haber mantenido algo esencial: su valor humano.
Otras personas, en cambio, descubren un agotamiento más profundo. Ya no se sienten plenamente ellas mismas. Se han convertido poco a poco en una función, un número, una agenda saturada, alguien que resiste pero que casi ha dejado de sentirse vivo en lo que hace.
Por eso merece la pena detenerse de vez en cuando delante de ese espejo simbólico. No para juzgarse. No para culpabilizarse. Simplemente para observarse con honestidad.
Preguntarse si el trabajo está alimentando nuestra autoestima o erosionándola lentamente en silencio.
Porque quizá la mejor armadura de la salud mental no sea la dureza, ni la hiperadaptación, ni la capacidad infinita de aguantar. Quizá la verdadera protección sea algo mucho más sencillo y mucho más humano: poder seguir diciéndose a uno mismo, incluso en los momentos difíciles, “mi trabajo no me ha hecho perder mi valor como persona”.